Lo que se deja ver

Bosque. Matías Duville, Ariel Cusnir, Max Gómez Canle, Máximo Pedraza en CC de España en Buenos Aires (Florida) desde el miércoles 26 de noviembre de 2008 hasta el sábado 10 de enero de 2009.

"Bosque" quizás podría llamarse "claro" -aunque se insinúa que preferiría llamársele "penumbra". A ver: "bosque" es lo que el homínido abandonó al salir a la llanura o sabana: con pose erecta y nalgas musculadas, pulgar opuesto y córtex-capitoné, para aprender a caminar y dibujar dejando rastros (el "dominio sobre el contorno" de Toynbee). Así, el abandono del bosque habría dado comienzo -como se dice- a la teoría: primacía visual, otear el horizonte (el oso romántico de Kleist se para también en dos patas pero solo para oler mejor). Es fuera del bosque que el humano midió sus fuerzas como algo más que el animal que era, improvisando refugios alternativos al bosque, enfrentando la naturaleza adversa (que antes no era ni una cosa ni la otra) y los animales salvajes (que pasarán a ser "monstruos primitivos"). A su vez, en la llanura hay una renovación del stress vital, por lo que quizás hay menos sexo que en el bosque. Esta ausencia o postergación se puede ver en "Bosque"; quizás también podemos ver otras cosas -por ejemplo, un bosquejo del insolucionable malentendido entre el étimo griego que indica que una teoría "indica cómo mirar", y la comprensión pública de lo teórico como explicación, análisis, palabras.

La decaída utopía según la cual todos deberíamos hacer un poco de todo, superando la división social del trabajo, también puede reinvindicarse sin tensión: el comentario y la pintura pueden recalar y proyectar juntos en lo descriptivo, aún más, en el oxímoron descriptivo de "alienaciones bucólicas": se puede ilustrar un malestar pero debe evitarse el panfleto. Sabemos que ese es un double-bind de muy mala fe. El stress histórico de salir al campo raso -que sigue su curso, como se ve todos los días, y que es lo que tan poéticamente parece ilustrarse aquí- corre el riesgo de diluirse en pesadillas animadas y monstruos benignos: agradabilidad. Sabemos que es la cultura (lo que se hace fuera del bosque) la que consigue eso: nadie le teme ya a un león (no es figuración de ningún temor residual, es emblema). Claro que puede haber narración, ¿pero hay que entender que ésta tiene que evadir los terrores culturales, bien reales, para retozar en conflictos míticos? (hoy debemos hacernos responsables hasta de los desastres naturales, si es que hay algo que propiamente pueda aún ser llamado así).

Claro: uno puede vivir en la calidad de estas imágenes. Que dicho sea de paso, todas ven el bosque desde lejos (como imagen). Salvo el "Monstre" de Gómez Canle. Aunque, ¿cómo llegó ese prisma octogonal al bosque? Claro, la bestia cónica que manipula una verde barra geométrica ya no es un animal; el bosque fue arrasado; en el cauce seco flotan los botes y barracas de la irresponsabilidad; la torre domina, y sobre la torre domina ¡una bandera!; el elefante se expone sobre una tarima; león y bambi son ambos mascotas-juguete (mientras yo me voy de pic-nic). ¡Real es una palabra tan complicada cuando se habla de historia! -historia humana digo, no story-narración. Real: por fuera de lo imaginario y el texto, ¿que será? Con tanta extinción y ponzoña en el bosque, ¿por qué plegarse tan eficazmente a lo no-dicho? Confesión de-parte, y para unir final con principio, y con otro final: "lo que no queda bien decir" lo dicta siempre el decoro. El borde-precaución: ninguna novedad, la reducción profesionista del arte.

De modo que mejor volver a ver. Por ejemplo, el cuadro más grande de Max Gómez Canle -que penosamente no está en el catálogo y cuyo título "Peludo monocular" fue desplazado en la página semanal de Ramona hacia el "Monstre" vecino más pequeño: trazas de síntoma. Pero el cuadro está: aparentemente, un solo ojo circular rodeado de pestañas excesivas enfoca el mentado bosque. ¿El talento votado por sus pares para el 2º premio Boladenieve supera con humor teórico todo "noseismo" y nos hace ver el bosque desde lejos, y desde adentro, como por el ojo de un culo? Ahora veo distintos los cauces negros y las islas negras de Duville; la omnipotencia y el sadismo de las acuarelas de Pedraza y el cinismo de las de Cusnir.

Porque el bosque no está de fiesta. Cómo me quedé corto en el comentario anterior sobre Aizenberg-Villar Rojas, resumo: parece que se impusiera la necesidad de alivianar imágenes desplazadas y tortuosas, como si el deseo artístico fuera uno con la obra, como si la conciencia dolida de la imagen fuera una tara. Tarea: atender a la plausible propuesta de Lux Lindner: los artistas deberán hablar más en el futuro (http://www.ramona.org.ar/node/24034); mientras, hay que mirar.
www.alejocampos.blogspot.com

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