Nuevas cuevas: exposición de stencil art en Londres

En un túnel de Londres se puede ver el Cans Festival, muestra de arte de stencil organizada por Banksy en la que participan 40 artistas y colectivos internacionales, y todo el que quiera hacer su stencil antes de que "limpien" las paredes.

En un túnel abandonado debajo de la estación de trenes de Waterloo en Londres, inauguró el sábado pasado la muestra más importante de stencil art de los últimos años. Desplazando al graffiti tanto en impacto como en visibilidad, el stencil art probablemente sea hoy en día en la forma de arte urbano predominante. En Buenos Aires, fueron las imágenes del rostro de George Bush con orejas de ratón Mickey y la leyenda “Disneywar” debajo, junto con la de la gatita bizca de “Hello Kirchner”, aquellas que en la ciudad llamaron por primera vez la atención sobre esta forma de intervención en el espacio urbano.

Bajo el nombre de Cans Festival –en alusión al Cannes Festival, que en inglés se pronuncia de manera similar— la muestra en Londres se encuentra organizada por el inglés Banksy, célebre por sus imágenes provocativas dispersas por los muros de decenas de ciudades en Inglaterra: entre ellas, la ya clásica imagen de dos policías, casco inglés incluido, que se besan apasionadamente. Publicitada en los diarios como un exposición individual de Banksy, la muestra cuenta en realidad con la participación de cuarenta artistas internacionales. A cada artista o colectivo de artistas le fue otorgada una sección de pared, y por una semana el túnel –cuya locación exacta se mantuvo en el más absoluto secreto hasta la apertura de la muestra— se convirtió en un caos de aerosoles, planchas desparramadas, y nubes tóxicas. Pese al aparente desorden, las reglas para participar, estipuladas en la página web del evento, fueron de lo más estrictas: “prohibido pintar letras o personajes a mano alzada” / “prohibido pintar encima de otras obras”.

Aludiendo a los orígenes contraculturales del stencil, la mayor parte de las obras creadas remite a un imaginario urbano de marginación y violencia: entre ellas, el “hoodie” –encarnación local del adolescente marginado— que se desangra (obra del propio Banksy), o los bellos rostros en ruinas pintados por el lisboeta Vhils. El efecto creado por la acumulación de obras es realmente impactante, si bien la aglomeración también sugiere algo del orden de lo artificial o simulado, como si el túnel fuera el set de filmación para alguna película sobre gangs. Completando el cuadro, a las obras en dos dimensiones se suma una serie de lúgubres instalaciones: autos estrellados contra las paredes del túnel evocando violentos choques –o violentas protestas—, una casita para niños semi-derruida y rodeada de alambre de púa, y un árbol de cuyas ramas cuelgan, en lugar de frutas, cámaras de seguridad (Banksy nuevamente).

Y quizá esta especie de compulsiva necesidad de referir a las zonas más sombrías de la vida en las ciudades contemporáneas sea una forma de compensación, producto justamente del lugar incómodo en el que el stencil art se encuentra en el presente: originalmente forma marginal de protesta callejera o arte crítico, el stencil está pasando por su momento de consagración (o absorción) por parte de las grandes instituciones de arte –la Tate Modern está organizando su propia muestra de arte callejero para fines de Mayo —y del mercado– las obras de Banksy, favoritas de las estrellas de Hollywood, se venden por millones de dólares.

Para los artistas latinoamericanos, esta creciente relevancia del stencil en el escenario artístico internacional supone (al menos potencialmente) mayores oportunidades, tanto económicas, como de exposición, hecho que no está exento de dificultades. A éstas alude, con bastante ironía, el grupo porteño Buenos Aires Stencil en su desmesurada sección de túnel. Como en una suerte de nebulosa alucinatoria, flotan en la pared realizada por este grupo objetos, animales y personajes de lo más dispares, desde pájaros en brillantes colores, pasando por un Maradona sonriente vistiendo una camiseta con la bandera del Reino Unido, hasta un chimpancé en actitud mendigante, que suplica, en mal inglés, “Una monedita, por favor”: alter-ego este último, según el propio grupo, del artista latinoamericano en el exterior.

Durante seis meses, la muestra no sólo podrá ser visitada, sino que otros artistas podrán también agregar sus propios stencils. Pasado este lapso de tiempo, la compañía de trenes Eurostar, dueña del túnel, volverá a tomar posesión de este espacio. Y tal vez sea esta condición efímera, a la que alude la llamada “pintura de la cueva” de Banksy, otra de sus contribuciones a la muestra. En ella, un encargado municipal de limpieza concienzudamente borra las pinturas rupestres de un muro con un chorro de agua a presión: marcas efímeras a fin de cuentas, los stencils, pinturas en esta cueva moderna, también desaparecerán.

por Paula Porroni