Carta de lectores | Sexo, religión y política fuera de concurso
Neuquén, 3 de abril de 2008
ramona:
Mediante esta nota no pretendo otra cosa que expresar una opinión, antes que nada personal, generada a partir de la lectura del reglamento para un concurso que aparece en vuestra página bajo el título de Heineken Inspire 3. No juzgo en sentido alguno la publicación del texto, pero no puedo dejar de intentar hacerles llegar una pequeña reflexión acerca de una parte él. Como tantos otros artistas (soy pintor) busco en secciones como la que contiene el anuncio la posibilidad de participar en un concurso. Como todos los que lo hacen, busco ganarlo, ya sea por el dinero del premio, o por las consecuencias que ganar un premio pueda supuestamente tener para mi carrera como pintor. Probablemente, es cierto, haya artistas que sientan necesario presentarse en certámenes organizados por empresas comerciales multinacionales exclusivamente para explorar, expresarse y desarrollarse más allá de sus propios límites. A estos últimos, seguramente, no les habrá sorprendido el contenido del párrafo titulado "Sobre las temáticas de las obras" como a mí.
Allí se lee que "Heineken" "cree que la vida recompensa a aquellos que se atreven a ir más allá de los límites... empujándonos a dar siempre un paso más y descubrir lo desconocido". Hasta aquí hubiera coincidido y hasta simpatizado con la opinión de Mr. Heineken, de haber sido este una persona física monologando desinteresadamente sobre la vida en un entorno privado. Pero en seguida se deja bien en claro que "Heineken" es el nombre de fantasía de una empresa comercial multinacional enormemente eficiente (y dicho sea de paso, fabricante de una cerveza industrial que aprecio mucho y que consumo de vez en cuando); se deja en claro que lo que se presentaba como la opinión personal de un señor de apellido germánico era un slogan, imagino que cuidadosamente planeado por un equipo de gente que habrá trabajado duramente para la fortificación de la imagen que toda empresa debe cuidar y cultivar. Y cómo lo hace? Pasa inmediatamente a enumerar, uno a uno, todos los límites dentro de los cuales deben los participantes desarrollarse y buscar lo desconocido. Enumera los temas que las obras no pueden tocar: sexo, religión, política, consumo de determinadas sustancias estimulantes como el alcohol, etc.
Ahora bien, qué puede tener esto de particular como para hacerme tomar el trabajo de escribir esta pequeña carta? No es la crítica a la empresa que organiza el concurso, ni mucho menos a quienes lo publicitan. En realidad no es una crítica a la actitud de nadie. Es una reflexión sobre el papel del artista en la sociedad de consumo (en realidad es el principio de una reflexión, hay gente más preparada y con más tiempo que yo para escribirla a fondo). Yo sí creo que el artista tiene una función, desde el comienzo de los tiempos. Yo creo, en parte de acuerdo con la opinión de Heineken, que el artista es la persona que tiene la peculiaridad –no exclusiva- de sentirse íntimamente obligado a desarrollar su espíritu más allá de los límites sociablemente habituales, y que su actividad está íntimamente ligada al intento de descubrir o de navegar en "lo desconocido". Si la razón es la que ordena la información producida incesantemente por nuestros sentidos, de forma tal que permita al hombre construir el mundo "real", el arte es la manifestación externa de la capacidad de conectarnos con lo que la razón no puede encerrar dentro de sus límites. El arte tiene la capacidad de hablarle a la razón de la pauta que conecta los eventos aparentemente singulares o aislados que aquella percibe, cataloga y organiza. En ese sentido, y en un contexto social, el arte vendría a ocupar un lugar cercano al de la religión, o el de todo sentimiento religioso anterior al concepto de religión organizada.
Por todo ésto, y siempre dejando en claro que mi opinión es personal, aunque fuerte y meditada, me parece paradójico que se le pida a un artista que presente una obra con la condición de que empuje los límites de la imaginación y de la creatividad, pero siempre dentro de las restricciones antes mencionadas. Ahora bien, uno podría pensar que el artista, para hacer posible su producción, debe aceptar las restricciones que la época le impone, y en todo caso su creatividad estará dada por la medida en que puede trascender estos límites preestablecidos sin que el que impone las restricciones lo note. Pero en este caso, para no cometer un anacronismo que a la larga sería descubierto, el utilitarismo de nuestros tiempos se hace dueño de la situación y construye una proposición que desde mi punto de vista se contradice en los términos de que está compuesta. El obispo que antes encargaba una obra imponía parecidísimas restricciones, y, probablemente, necesitaba adornar el verdadero fin que perseguía con los argumentos que fuere. Heineken le pide expresamente al artista que sea osado y valiente, imaginativo y creador... y le prohíbe opinar sobre sexo, religión y política, dejando fuera de concurso tres de las áreas más importantes que constituyen la experiencia humana.
Dije en un párrafo anterior que no juzgo negativamente al organizador ni sus motivos. Sí creo que esos motivos están encaminados a la posibilidad de asociar (en la mente de los consumidores) una marca comercial con una imagen de juventud, osadía y búsqueda de libertad, haciendo uso para ello de slogans publicitarios. Todo lo cual es perfectamente aceptable y no me cabe duda que acorde a la legislación vigente. Lo que no puedo dejar de preguntarme es lo siguiente: cuál es la función de los llamados artistas, en nuestra sociedad, si una propuesta como la de Heineken es posible? Sí es posible que no esté destinada a fracasar por falta de interés, de eso no hay duda. Y para que haya interés, se me ocurren dos razones: a) la más probable: un alto porcentaje de quienes se dedican a lo que hoy se considera como arte está en desacuerdo con el concepto de la función del arte a la que yo suscribo; b) las posibilidades de obtener una recompensa material que permita un nivel de vida medianamente aceptable, para la mayoría de los artistas, son tan lejanas, que debe aceptar ofertas tan distantes de su actividad principal como la participación en este tipo de certámenes.
No creo, además, que las dos respuestas se anulen mutuamente, sino lo contrario. Creo, más bien, que la función del artista dentro de nuestra sociedad se va insertando cada vez más en el sistema de producción y consumo de bienes propio del sistema en que vivimos. Creo que su valor dentro de la sociedad está cada vez más desligado de su capacidad para hablar al espíritu del hombre, a medida en que se espera cada vez más de él que se adapte a las oportunidades que la sociedad de mercado le brinda. La capacidad creativa, reducida a los límites que el utilitarismo le propone, se vuelve dócil y funcional; se vuelve "entendible" para un entorno que cada vez tiene menos capacidad para contactarse con lo que no sea un engranaje en la cadena de montaje del consumismo.


