Infiltrados - Fulano y Mengano
Si hay alguna tesis sobre el arte que no puede eludirse en el mundo contemporáneo, aunque ella provenga de la Modernidad, es que "cualquier cosa puede ser una obra de arte". Y digo puede ser, lo que no significa que cualquier cosa lo sea.
Lo cierto es que esta tesis, cuya raíz se remonta tal vez al "Entierro de Ornanz" de Courbet (mediados siglo XIX) que nos decía que cualquier entierro de cualquier desconocido puede ser convertido en una pintura; o los "Zapatos de labriego" de Van Gogh, que dejaban a las claras que cualquier cosa puede ser digna de la atención de un artista, evolucionó hasta insólitos lugares, y llegamos al mítico mingitorio de Duchamp "La fuente" que le puso la corona.
Cuando los artistas decidieron iniciar ese camino sin retorno hacia campos desconocidos que se ubicaban fuera del mundo del arte tradicional, esta disciplina, tan sacralizada en los anteriores períodos de la historia de la humanidad, fue invadiendo territorios y desdibujando límites.
Hoy nos encontramos en un desafiante e impredecible universo de posibilidades.
A la ya desconcertante tesis de la innovación continua que propusieron las Vanguardias, se le anexó un "todo vale" que no establece criterios ni estéticos ni éticos, muy bueno por cierto. Pero también, se produjo una expansión del campo del arte hacia otros territorios como el diseño, la publicidad, la moda. Cualquier cosa puede proponernos ese extrañamiento que le reclamamos al arte: un teléfono celular cuya sofisticada tecnología nos resulta poética; una atrevida publicidad; un edificio.
El arte contemporáneo se ha valido de todo y, por lo tanto, también ha exportado de todo hacia esos otros campos. El trabajo de Fulano y Mengano es un ejemplo claro de esta tesis. Una serie de categorías estéticas se constituyen en sus trabajos cuando se los mira despojados de su función práctica, por ejemplo:
Utilizan la apropiación, que es incorporar imágenes u objetos preexistentes y acarrear su significado a una nueva situación (ver publicidad de Runner con la pasta Colgate). No es copiar, porque la copia se enmascara, es traer algo de afuera, cuya identidad está expresa y recontextualizarlo.
La recontextualización es ubicar algo que tiene un significado propio y obligarlo a cambiar de sentido por la nueva sintaxis que lo contiene.
Manejan una idea de autorreferencialidad, que es desarrollar un mensaje en múltiples capas, para dejar a la vista de todos algunos conceptos y otros son más herméticos y pueden ser decodificados por pequeñas minorías cerradas (por ejemplo los clientes asiduos de un lugar comprenden ampliamente el mensaje)
No creen en el estilo (visual) de los productos de su estudio, pero tienen una coherencia de orden conceptual, es decir un hilo conductor de ideas y formas de comunicarse que se parece a la variada producción de cualquier artista contemporáneo internacional.
El humor los inspira y creen en él, algo así como León Ferrari.
Ahora, lo que resulta extraño no es que su trabajo pueda ser abordado desde las perspectivas del arte, lo raro más bien es que hayan convencido a sus clientes de que asumir algunos riesgos puede traer grandes beneficios. Se han propuesto abrir un diálogo entre la dictadura de los consumidores y la dictadura de los productores.
No es el diseño per se, pero tampoco se conforman si no cruzan algunos estandares. Creo que estas cosas, más allá de su éxito comercial (que es importante que lo tengan) también le aportan a la cultura colectiva.
No es lo mismo recibir un flyer que no tenga nada interesante, que uno que nos desafíe a descubrir un montón de secretos.




