Un lector en la Pampa Salvaje (autobiografía inconclusa)

Un lector en la Pampa Salvaje (autobiografía inconclusa)

“(...)intentando que de nuevo algo centellee y nos recuerde que hubo en otros tiempos un tejido joven y perfecto, de hilo sereno y lenguaje lógico en el que carecían de sentido las casualidades porque todo era nítidamente casual.”

Enrique Vila-Matas, “El mal de Montano”

“abierto no sobre el lenguaje sino
sobre el vestigio de mí en las cosas
cada vez”

Arturo Carrera, “Carpe diem”

UNO: Viaje a Ninguna Parte

Que demonios de vida. Plantado siempre sobre mis pies ¿Quién me creo que soy? Jamás una duda esencial. Antes de nacer en la navidad del 40, mamá se tocó el vientre hinchado de mí y dijo: “Éste será escritor”. Lo escuché con espanto de la mejor amiga de mi madre muchos años después.

Actuar la voluntad de otro ha sido siempre mi pesadilla. Todo lo que hago es tratar de destruir esa voluntad ajena, o intentarlo para encontrar la mía, y de ese esfuerzo de autonomía sólo ha resultado un no-escritor que escribe, y un ser esquivo, sin formas determinadas, de dibujo esfumado.

Años después, en el año 57 del Siglo XX, Witold Gombrowicz mismo se acercó a mi madre en el Restaurante Imperial, se sentó a la mesa después de saludar a su modo sármata, como un caballero andante, y le dijo: “Su hijo está condenado a la literatura. Lo siento mucho.”

Yo todavía ignoraba que mi madre había emitido esa profecía tocándose el vientre, un mes antes de mi nacimiento, en 1940. La frase de Witold la perturbó. Fue la primera vez que la noté insegura, débil. “¿Por qué tu amigo dice eso?”, me preguntó, asustada. Creo que temía que le hubieran anunciado un peligro para mí. “Condenado no es la palabra que ella esperaba” pensé, divertido.

“Le di a leer “La Alternativa”, le dije. El cree que escribir es mi destino y que eso augura problemas en el futuro. Pero no va a pasar nada”

“La alternativa” fue mi primera novela, escrita a los 15 años, no mucho antes de que Witold apareciera en Tandil. Yo, ingenuamente, se la había dado a leer a mi madre cuando la terminé. Ella la leyó y se echó a llorar desconsoladamente, exclamando entre lágrimas:

“Mi hijo es un degenerado” Yo intenté consolarla afirmando que contaba mis historias de internado en el Hospital de Niños de La Plata cuando me operaron los pies, pero las había adornado para hacerlas más interesantes. No era verdad que me había acostado con la enfermera pelirroja, ella sólo me había tocado “la cosa”. Volvió a llorar.

“¡Tenías 13 años!”.

“Además es una novela existencialista, influenciada por “La nausea”, agregué. Hizo unos pucheros, pero la referencia al existencialismo pareció calmarla.

Era muy rara su reacción al leer “La Alternativa”… una judía escapada de su casa que se muestra prejuiciosa. Ella siempre se expresaba muy libremente para la época. En general se movía por el mundo con gran libertad y actitudes desafiantes.

Se había fugado de la casa materna con papá a los 17 años, papá Salvador Roque, quien la raptó. Por su amor prohibido con un cristiano tuvo a la familia Levín en vilo y provocó un escándalo en el pequeño ghetto pampeano que leía la Torá los sábados con un rabino que venía en tren de Buenos Aires y se volvía al otro día.

Yo era un hijo del pecado y de una ruptura de la Ley Mosaica.

La operación de pies que inspiró más tarde “La Alternativa” me había dejado con las marcas de Edipo y con los pies hinchados. Nunca se probó la necesidad de la cirugía tan solo porque doblara las puntas de los zapatos.

La lectura de la novela la hizo llorar. No me estaban saliendo bien las cosas a los 15.

A ella tampoco le salían todas a los 17.

Mamá había sido repudiada en una ceremonia que la expulsó de la comunidad judía (cenizas sobre el pelo, ropas rasgadas) y yo debí privarme de tratar a mi abuelo Salomón, que tenía un negocio de relojes y armas y gramófonos que fascinaba a todos los chicos de mi barrio. Yo les contaba que era mi abuelo pero que tenía prohibido tratarlo por una pelea familiar que no entendía muy bien en ese entonces.

Salomón era también herrero e inventor de dispositivos muy raros que ponía en la vidriera para atraer clientes, aunque no servían para nada más. Recuerdo unos círculos concéntricos plateados, apoyados en ángulos agudos unos sobre otros, que se movían con un motor eléctrico. Me hipnotizaban.

Años después supe que el abuelo se escapaba algunas noches de su casa y que nos visitaba en secreto. Dicen las amigas de mamá que me miraba dormir en la cuna.

Murió antes de que pudiéramos cruzar un abrazo y hacernos unas bromas. En su agonía (80 cigarrillos diarios) los Levín se reconciliaron con mamá. Ya eran los años 50. Fue la mayor alegría de mi infancia. Contra papá no tenían nada ni lo habían tenido. Mi bobe empezó a adorarlo al poco tiempo. Salvador era un ser angelical, pura luz, risa y humor. Siempre andaba con remedios en los bolsillos curando gente. Era Idóneo en Farmacia y hubiera querido ser médico. Pero era más bien un santo. Un santo con picardías. Witoldo decía de él que tenía una aristocracia natural y una gran bondad.

“Tu vieja en cambio en cambio es jodida, burlona y atormentada” Creo que fue el único ser al cual Gombrowicz tuvo miedo realmente.

“Sí, sí, niño, ya sé que tu la adoras; pero fíjate, eso siempre ocurre con las madres”.

Todo lo que Salomón hacía, todas sus actividades, eran fascinantes para cualquier chico. Alarmas que sonaban como despertadores, pequeñas maquinitas robot accionadas por cuerdas de reloj. Las veces que visitamos el negocio con mis amigos, que se sorprendían de que no nos habláramos con el abuelo y fingiéramos no tener vínculos, entrábamos en un lugar que nos parecía de maravilla, con relojes de péndulo que sonaban, con cosas que se movían y giraban por sí mismas, con bocinas que emitían música. Preguntábamos algún precio y nos íbamos excitados por cada máquina que se exhibía, que persistía en mis retinas y a veces en mis sueños. Había muchos autómatas a cuerda. No estaban en venta.

Oigo cerrar las puertas del Aeropuerto Militar de Varsovia, rebosante de Migs 23. No me preocupa demasiado, en la noche tibia de octubre del 79, que no me hayan venido a buscar mis amigos epistolares y lectores de “Tango Gombrowicz”, un texto que movió la modorra intelectual Varsoviana y creó un ambiente de discusión y de revelaciones sobre el exiliado ausente de su patria desde los primeros días de septiembre de l939, poco antes de la invasión. Treinta años después era, en sus pagos, célebre de toda celebridad, considerado enemigo de Polska Ludova (República Popular de Polonia), o del Comité Central y sus burócratas, y por lo tanto ídolo de tanto intelectual disidente que andaba pensando en cómo derrotar a los rusos..

Yo había avisado que llegaba desde París con un telex, pero las fauces de la burocracia polaca o el horror oficial a todo lo que sonara a Gombrowicz arrebataron el mensaje, o lo perdieron o lo olvidaron con deliberación en el espacio que entonces ocupaban los mensajeros, o los correveidiles.

De ese modo el mensaje no llegó a su destinatario, Rajmund Kalicki, esa noche ausente. Yo lo ignoraba, lo buscaba y no lo encontraba por ningún lado. Tuve unos minutos de desconsuelo y grité tres veces al vacío del recinto“¡Raimundo!”

No en vano Witoldo no era amado por Polska Ludova. Él tan solo les había dirigido unas pullas. Parece que en algún momento quiso volver a su casa pero no lo dejaron. Witoldo se burló entonces de ellos. Pues se lo tomaron muy muy en serio.

Estoy solo en el aeropuerto. Es el 23 de Octubre de l979. Mis compañeros de vuelo se saludan en polaco y en ruso, a los gritos, se abrazan. La mujer campesina me saluda. Me cayó muy simpática esa bolchevique. Constato: mi anfitrión no ha venido a buscarme. Nadie espera del lado de los acompañantes. De a poco todos los pasajeros se van y se van, luego de bajar del avión y encontrarse con los suyos. Ya no hay civiles, sólo soldados. Guardias altísimos. Me miran distraídamente y hacen un gesto suave de expulsión. No soy un invasor y se me nota. Salgo. Se oyen a pocos metros puertas de automóviles que golpean y se cierran. Parten. Una aceleración del motor, humo, y luego nada. Nadie en la calle silenciosa. Mis pasos se oyen en la grava.

El aire comprimido de las puertas automáticas del Aeropuerto estalla una sola vez, la última, a mis espaldas, y me deja consternado unos instantes por el silencio de las armas y de la noche: veo la silueta de cientos de Migs detrás de las alambradas. Todos los pasajeros se han ido. Ese ambiente marcial fue turbado por nuestras risas y cotorreos.

Me había sorprendido, hacía una media hora, ver por la ventanilla del Boeing los cazas alineados, cuando carreteábamos por la pista en el avión de Air France. Habíamos parado frente a un edificio custodiado por centinelas con sus rifles en descanso. Pusieron una escalerilla como en los viejos tiempos.

“No es una base para aviones comerciales”, pensé en ese momento.”Es la maldita base militar del Pacto de Varsovia”. Nos rodea en tierra un pelotón armado con kalesnikovs, bajamos apurados los escalones, caemos en medio del cinturón de soldados, caminamos sobre el asfalto unos cien metros, como en un desfile, hasta la improvisada aduana o lo que fuera, unos cubículos, oficinas.

Nos detenemos para mostrar los documentos frente a un mostrador. El funcionario atrás de la mesa me habla en castellano. Sorpresa. Tal vez la misma Mano del fantasma de Stalin lo hubiera puesto ahí, sólo para mí. Tan solo, tan visible. Me vigilaban. Los otros pasajeros van hacia otro mostrador donde hablan polaco.

Muy buenos espías. Lo eligieron especialmente. No me inquietaba mayormente que me controlaran, por otra parte. Tal vez se me considerara una anomalía menor.

Alguien que viene sin invitación estatal y por sus propios medios, es un sospechoso en el centro de Europa a fines de los 70 en plena guerra fría.

El aduanero tenía acento cubano y era muy amable, risueño; se dirigía a mí con cierta familiaridad: “Qué llevás ahí” dijo señalando la valija. “Medias sucias” le digo. Se sonríe y me sella el pasaporte.

Acabo de entrar a Polonia.

Un palestino se empecina en que yo no sé nada de inglés porque me oye hablar en francés, y decide ayudarme a cambiar los dólares por zlotys en una oficina tan chica que parece un baño. Lo dejo hacer, sonriéndole. Él me traduce lo que yo entiendo, duplica de este modo las cosas. Se nota que han armado las instalaciones a las apuradas. El palestino me lleva por ellas, encuentra la puerta que da al Hall por mí, que le había preguntado, y me deja al fin solo.

Yo temía que el palestino, que vino a abrir una embajada o consulado, notara que soy judío. Entonces no me resistí a su ayuda y él me arrastró por las oficinas de la aduana como acabo de contar.

El desorden general que se había armado en el centro de Europa fue el resultado de una huelga de ordenadores de aviones en París, en medio de la cual mi Boeing se elevó con cuatro horas de atraso. Atravesamos una pequeña tormenta. Tuvimos que ponernos los cinturones. Me asusté por el zarandeo, pensé que estábamos atravesando la cortina de hierro y me puse a reír.

El orden europeo se descalabra ante mis ojos. Así que estoy como en casa. Increpo a un empleado francés que me lleva hacia un Concord. Una cola de japoneses que esperan embarcar me hacer dudar más aún.

“¡Este avión no va a Varsovia!” le grito, al caer en la cuenta.

“¿¡Donde está la organización de la France!?” agrego.

Él se cuadra y me pide muy marciales disculpas. Está avergonzado por el traspié. A un argentino le hubiera dicho que era estúpido. Un francés es herido si se ataca a su Estado.

Se me dio por pensar que era muy extraño que tan sólo por una vez, esa noche que elegí para viajar, hubo Caos en tantos años de tránsito aéreo en los cielos de un continente entero…

Me intrigó mi suerte rara, la coincidencia.

Pero soy un pez de estas aguas agitadas, ¡me gustan los ríos revueltos, el mar agitado! ¡Desorden!, ¡Barullo!, ¡Vengan a mí!

Aunque no sé dónde voy a dormir, ni si voy a hacerlo al fin.

Ahora estoy en la calle o en el campo en un país desconocido, bajo árboles y sobre césped, en las proximidades del aeropuerto militar más grande de Europa. Sólo quedan en sus bunkers los pilotos rusos y polacos. ¿Hablarán de tácticas o tan solo de mujeres? ¿Hablarán de batallas? Todo sin embargo parece dormido, confiado, seguro, relajado, sin la menor tensión. Estoy bajo un árbol deshojado. En un banco de plaza. Bajo la luz de un farol.

¿Si de todos modos me tocara la guerra, si se tratara de la calma antes de la tormenta? Tan sólo por Ley de Simetría: a Witoldo se le cayó encima la Segunda estando lejos de su estallido, en la Argentina por unos días, ¿por qué no a mí la Tercera, con su vértigo de Juicio Final, en Polonia por un mes.

Siempre algo apunta a Polonia desde hace siglos: flechas, cañones, misiles. En estos días que escribo parece prosperar. Hace negocios.

Después de todo, ¿por qué viajo hasta acá? ¿Qué necesidad tengo? ¿No es una ocurrencia adolescente, al fin de cuentas? En realidad estoy invitado a Suecia por el Svenska Institutet, a dónde iré a fin de noviembre cuando termine con Polonia. Me pagué los kilómetros de diferencia para visitar a Raimundo Kalicki, con quien me carteaba hacía tiempo. Nos escribíamos desde el 76. El había traducido “Tango Gombrowicz” y mi novela corta “Parpadeos” y armaba un libro sobre Gombrowicz. Quería que fuera y le contara más cosas del Maestro y de mí.

No comprendí nunca que tipo de extrañeza le habían provocado a Witoldo los primeros días en la Argentina, sin idioma y con unos pocos pesos, la guerra encima, lejos, las hordas nazis marcando el paso de ganso por las calles de su ciudad aterrada.

Las armas teutónicas abaten la caballería polaca en la frontera, cuando los jinetes atacan a los blindados con sus sables en mil gestos de valor inútil, suicida. El filo de las espadas contra el blindaje de los tanques. Pero creando un símbolo de heroísmo y de martirio infinitos.

Los panzers de la Blitz Krieg preceden a las tropas germanas por el Centro de Varsovia con su rumor de orugas, y ya nada será igual ni en el lugar ni en la lejanía, porque la lejanía se instalará en Gombrowicz. Y el mortal silencio.

Witacky, casi su maestro (dijo que Gombrowicz era un caballo que prometía ser un buen potro) se suicidó con su novia al compás de la invasión. Ninguna carta llegará a destino desde Buenos Aires. Ni le llegarán desde los campos de batalla ni desde la ocupación de sus ciudades. Bruno Schulz, su amigo y su mejor crítico, prisionero y luego esclavo. Dibujará y dibujará para que no lo maten. La novela “El cometa”nunca se encontrará. Al final, un tiro en la espalda de un nazi rival de su dueño y señor que le mata su judío porque envidia el dinero que le produce: nada alcanza para comprender ese destino, ni el modo especial de tanta humillación padecida a cambio de vida y cáscara de pan. El límite del instinto de vida es oscuro. Siempre alcanza con un poco menos.

Leer Trans-Atlántico no me resultó suficiente iniciación como para figurarme esos momentos, esa transición. Cuando alguien le dice en polaco: ¡La guerra! ¡La guerra!, se le abalanza todo lo que presintió y temió. Lo sabía pero era imparable. Y comienza el despojo absoluto, apenas presentido, no deseado, acaso profetizado en un prólogo de Ferdydurke al Filifor.

El brutal tirón de la Wermach arrojó a Gombrowicz afuera del universo conocido. Sin lengua madre, sin lengua común, sin amigos, sin dinero.

El desierto más absoluto es la falta de idioma, descubro ahora tratando de descifrar carteles; mi viaje se justifica. Además mi chofer es incomprensible. Todo me puede pasar sin que nadie entienda lo que nombro.

En Italia, años atrás, en l937, Witold había reconocido que el curso del mundo iba tomando una dirección brutal. Discutió con cadetes fascistas en Florencia y empezó a olfatear el advenimiento de una cultura de la furia y del desprecio, de una esclavitud infinita. Estaba en el aire, se olía su humo antes que su fuego por venir. Amenazaba. La invitación a cruzar el Atlántico en la Chobry hasta argentina ¿fue un alivio pasajero? ¿Acaso todo se iba a demorar eternamente? ¿ Permanecer en estado de posibilidad? ¿Acaso confiaba en la protección que parecía otorgar el tratado con Inglaterra? ¿O fue el viaje su compás de espera?

No sé cuándo se me ocurrió practicar en mí mismo esa vuelta de campana que puso cabeza abajo tantas existencias, esas embestidas del mundo contra los individuos, dándolos vuelta como guantes.

Efecto Quijano: leo novelas de caballería, me pongo de casco una bacía y salgo con una lanza. Ya me había pasado de chico cuando leí Robinson y me escapé de casa para vivir bajo un puente, imaginando que me bastaba a mí mismo, y a los 8 años reconstruía de algún modo la casa, me daba otra vida. Sólo llevé una bolsita con papas, pero un amigo mayor me encontró en el bosque y me devolvió al hogar entre risas.

Yo ¿estaba comenzando a experimentar el despojamiento y la extrañeza de Gombrowicz en el viaje que empiezo a narrar? ¿O era una tarea inútil, o buscar una experiencia intransferible, que me estaba negada?

Acaso tan solo quería mirar del otro lado del espejo, o con el telescopio al revés, tratando de comprender y describir en acto la naturaleza de esa pérdida antigua y ajena, apenas sospechada.

Mi mundo también estaba aquejado de salvajismo. Venía de él, tan solo descansaba con estas aventuras. Pero yo había decido permanecer a todo riesgo en mi lugar, volver a él, acaso atrincherándome en la memoria de otro tipo de ausencias, más cercanas. Porque sin moverme mi lugar había sido devastado.

El viaje planeaba resolver una curiosidad morbosa antes de volver, era una excursión al extrañamiento. Acaso un simulacro. Quería ver y oír de frente todo lo que me fuera ajeno.

Por ejemplo abrir los ojos después de la primera noche y que nada hubiera permanecido indemne, familiar. No entender nada y no tener nada. Zero. Vacío bajo los pies.

Desde la tarde en que nos conocimos, Witoldo parecía recién llegado de la nada nadeante, del Big Bang, de los rebus del Caos, un globo volando sin origen definido. Creándose a cada minuto. Sin embargo encarnado a pesar de la lejanía y la inexistencia. Sin ancestros, ni historia. Dibujaba árboles genealógicos contra lo inverosímil de los relatos de su pasado, que se creían inventados. Se lo veía como recién venido, recién nacido, en gestación.

Muy a menudo pensaba que sólo de ese modo, con una distancia y un despojamiento similar, iba a poder escribir un libro propio. Desembarazado al fin de la profecía materna que había herido mi libre albedrío. Sin propiedades y sin pertenecer a nadie. Flotando por ahí.

Ahora (el ahora de esa primera noche) camino hacia el banco de un parque o de una plaza al borde de una playa de estacionamiento debajo de árboles deshojados en una noche extrañamente calma. Veo los vehículos de los pilotos. Terrible quietud. Silencio absoluto de los metales, ningún motor encendido. Estoy ya lejos de los centinelas que dormitan contra la alambrada. Noche tibia de otoño. Sin viento.

Me siento a pesar de todo divertido con la extraña situación, sereno, con la certeza de resolver el problema en algún momento cercano. Nadie se perfila en el parque en los alrededor de la base como para preguntar de qué modo llegar a la ciudad, dónde conseguir un auto, cómo conseguir un hotel, dónde tomar un café. Mi mente vaga tratando de dormir. No puedo.

Pienso entonces serenamente en qué decisiones tomar. En este caso el dinero no sirve, no hay nada que comprar. Me resigno al fin y abro la valija buscando abrigo, me recuesto en un banco, me tapo con algunos pullovers. Me hago un nido. Al amanecer todo será distinto y veré qué hacer, supongo. Lo festejo con una carcajada ruidosa que se pierde en el silencio.

Todavía estoy borracho por los whiskies bebidos en vuelo. Convivo alegremente con mis desgracias relativas. No me ha pasado nada por completo desagradable. Tantos whiskies con el matemático iraní tratando ambos de seducir a la azafata. No lo ví irse del aeropuerto.

Pocos vamos en otoño hacia Polonia un día de huelga en el Charles De Gaulle. Me pregunto sobre los quehaceres de un matemático iraní, en plena crisis con los yankies, que viaja a Polonia, el puente con los rusos. Él es verdaderamente simpático. Me lleva ventaja con la azafata, mejor francés, más ímpetu. Me dice en vuelo que va a dar conferencias. Hum, hum. Todo se parece a una conspiración. Sospechoso en viaje él, sospechoso yo en tránsito. Un pozo de aire nos obliga a volver a los asientos. Entramos en la tormenta. Lo pierdo. Ni nos saludamos para no caernos por las sacudidas. Me abrocho el cinturón a la desesperada.

Los polacos cerraron la base militar y cerraron el mundo. Le apagaron las luces. No cualquiera llega así a un país. Para sentarse bajo un árbol. Bueno, llegué al mundo en navidad parido por una judía fecundada por un padre llamado Salvador Roque, que es como decir Cristo y el Papa. Esta saga tras los pasos de Gombrowicz viene mal entrazada, nada me es familiar al abrir la primera puerta, la de la salida a la calle, que tronó al cerrarse. ¿Ya di la vuelta de campana?¿ Tan rápidamente?

Mi madre quería un escritor. Escribo. Pero. ¿Cómo imagino al escritor de mi madre?: una buena conciencia sin desdicha, un figurón dando charlas en una escuela, alguien amado como un poeta romántico… Vade retro. Así no. ¿Para qué escribir? Se encuentran, se hacen amigos. Los enemigos sólo cuentan para el dolor.

Veo que algo se mueve entre los autos del estacionamiento, cerca de las alambradas. Me levanto. Aparece a la distancia iluminada un hombre de gorra que se dirige hacia mí. Guardo la ropa y cierro la valija. Lo espero no sin cierta alarma. Viene lentamente. Es pequeño como yo. Mido mis fuerzas para la defensa. Pero sería extraño un ladrón en los alrededores de una base militar, acaso saliendo de ella, me parece. Tengo casi 3000 dólares en el bolsillo de la camisa.

Los centinelas dormitan contra el alambre tejido. Dejan el fusil apoyado sin el menor interés en mí. Nadie parece alerta. No habrá guerra hoy. Ni robo.

El de la gorra dice: “¡Taxi!” Tan solo eso y nada más.

No habla una palabra de ningún otro idioma que el materno, conversamos, monologamos sin entendernos y con algunos gestos inciertos, cada uno en su lengua, apenas para oír voces humanas. Señalo mi pasaporte y digo:

“Dipi”

Él comprende y dice:

“Kasimiertz”, señalando su pecho. Ahora hay que conseguir traductores que permitan entendernos en Varsovia, y donde tomar un café. Encontrar la casa de Raimundo en Otwock, ir hacia él, encontrar Otwock.

Yo invitaré el café si me lleva a un bar, si hay un bar, le digo que vayamos a la ciudad y que lo invito, que pago todo. Pero Casimiro no comprende lo que le digo, no entiende nada y sonríe, enciende el motor y arrancamos.

Planifiqué el viaje minuciosamente, primero en Argentina y luego en París…creo que la mano negra de la embajada trajo esta alteración de mis planes. No tenían muchas ganas de darme la visa al ver que yo eludía todo control y que me les escurría. Pero no pudieron evitarlo. No tenían argumentos. La diplomacia selló el pasaporte.

Ahora en Varsovia tenían el poder. Mandaban señales. Mandaban un taxi. Me cuidaban.

Y yo en un auto particular con un agente desconocido en una noche vacía sin saber a dónde me llevará. Un espía que en lugar se seguirme me guía, me conduce.

De todos modos pienso que algo salió mal por mi culpa, que por eso ignoro si llegaré a mi meta a las tres de la mañana o a cualquier hora, por mi culpa, llevado por un tipo que no habla ni inglés ni francés ni castellano y en consecuencia nos aburrimos en silencio.

Acaso ladrón, acaso policía; puedo equivocarme creyéndolo un agente secreto, un pequeño confidente.

(Cuando logre hablar por TE con Raimundo él me dirá que suelen ser ladrón y policía en la misma persona, como la Santísima Trinidad; que por las dudas no confíe. Igual que en casa).

Todavía vamos rodeando el Vístula, Varsovia queda lejos y el río no se alcanza a ver, es tan sólo una penumbra hueca, una sombra más densa que se alarga a mi derecha. No hay tránsito en la autopista, con luces mortecinas. Casimiro respeta todas las señales, como si hubiera tránsito. Me llama la atención esa obediencia. Anarquía argentina que observa disciplinas. Yo hubiera pasado acelerando.

Hablé hace años de Varsovia con Witoldo, lo escuchaba por ese entonces decir que todo podía suceder en la ciudad de su juventud. Donde escribió “Memorial de la inmadurez” y “Ferdydurke” y “Los embrujados”. Estaba orgulloso de sus calles y de sus aventuras. Buenos Aires, por el contrario-- se quejaba-- siempre le había parecido un lugar cerrado a los acontecimientos interesantes. Nunca pasaba nada.

No es así ahora que escribo, 25 años después. No es así desde que volvió a Europa.

En el 79, en octubre, cuando estas escenas tienen lugar en el auto que maneja Casimiro en silencio, en la autopista más solitaria que jamás recorrí, nunca pensé en el día de hoy, 12 de marzo de 2005, cuando empiezo a escribir, por primera vez sin dudas sobre mi propia voluntad ejercida libremente, mi madre exorcizada, y por primera vez juramentado con los acontecimiento vividos, sin dejarme llevar por las palabras, que crean por sí mismas los avatares. Intentando recordar fielmente.

Mi madre no tiene nada que ver con lo que me ocurre, no puede controlarlo, y por eso decidí escribir sobre lo que me pasa, por nimio que sea, no para obedecer su voluntad sino la de los acontecimientos. Decido yo esta vez quien me esclaviza. Mi cuero lo ha decidido antes. Dejo la Literatura Fantástica, en donde lo que pasa, pasa por primera vez y en el momento de escribir. No más literatura que se genera a sí misma y que me asombra a cada línea, que hace sus argumentos.

Ahora soy autobiográfico, he pasado al segundo grado, escribo después de los sucesos ya conocidos por mí. Letra por letra. Me debe ser imposible imaginar nada en esta empresa…Quiero que sea así…Lo intento.

A partir de hoy –12 de marzo de 2005--todo lo que escriba volverá a suceder otra vez. Estará tejido en mi memoria y en mis sentidos, y saltará al papel. Sólo tengo que cerrar los ojos porque ya todo ocurrió. Consumatum est.

Busco algún hotel (la segunda palabra que entiende Casimiro) de Varsovia por si me dejaran hablar por teléfono a Raimundo, mi amigo, el que esperó en vano el telex, el que no estuvo en la base Aérea, quien desconoce aún que estoy aquí, que arribé a sus tierras. El que no sabe nada de nada.

Dice la bocina del teléfono, al fin:

“¿Dónde estás, Jorgito?…¿en Tandil? ¿ en Buenos Aires?... ¿En París?… ¿o te fuiste a Suecia antes de venir ?... ¡Oh!, ¡no!, ¡no me digas que …¡estás en Varsovia!... ¡Qué loco, no se puede llegar así a estos países!... Tampoco se puede andar solo por la calle y sin el papel amarillo…Cuídate, que no te pongan preso.”

Ya lo estoy viendo en mi primera noche varsoviana, y lo presentí en las afueras del aeropuerto: En los países del Este no hay teléfonos públicos en las calles, ni en las estaciones, ni en las bases militares, ni se puede alquilar un cuarto de hotel sin reservarlo días antes. Tienen que saberlo todo. Así quedó nuestra utopía de libertad.

Una vez perdido el encuentro con Raimundo en el aeropuerto, por la ausencia de telex, como he dicho hasta el cansancio, no pude tomar contacto con él por esa angustiosa falta de teléfono, o falta de autorización para usarlo. Es difícil de aceptar, casi incomprensible. No me dejan llamar desde ningún hotel hasta ahora, me niegan el aparato; tampoco me dejan pasar la noche, aunque hay habitaciones. Verboten. Toda solución se va cerrando en Varsovia, como en el aeropuerto. Ni es posible tomar un café a esa hora.

Casimiro sigue acompañándome fielmente (o cumpliendo fielmente sus órdenes), y me lleva las maletas, es el espía más amable que conocí. Hasta abre las puertas. Al fin se me ocurre entrar a este nuevo hotel ruidosamente, cambio bruscamente de actitud, adopto un estilo “personaje conocido”. Finjo ser un actor italiano. “Buona Notte.”…Hablando cocoliche…falso dialecto calabrés…Con amplios gestos mediterráneos, muecas y sonrisas, regalo cajas de cigarrillos Malboro a unas chicas, camareras o recepcionistas, que entre risitas nos dejan pasar y nos esconden tras el mostrador para que hablemos, al fin. Nos ofrecen un viejo teléfono negro. Muy bonitas. Atisban, espían, paran la oreja. Fuman y se ríen a la vez. Tienen poco más de 20 años. Somos una fiesta en la aburrida noche. Tengo pensamientos con la más linda, pero me ata otra misión.

Partiremos cuanto antes hacia la ciudad de Otwock, después de saludar a las chicas. Una de ellas acepta un beso en la mejilla. Qué melancolía dejarla. Arrancamos no sin incertidumbre. Raimundo da las instrucciones a Casimiro y pide hablar conmigo:

“El lugar es muy difícil de encontrar Jorgito. Y puede haber ladrones.” Me había dicho Raimundo: “Pero el policía te cuidará, si no es también ladrón. Ocurre muchas veces…No tengas miedo que es broma… Te esperamos nosotros y unas vodkas. Hasta tenemos carne. De vaca. No tardes mucho.”

El acento de esa voz desconocida me era conocido: como el de los viejos judíos del Once en Argentina. Idéntico. Además así hablaba castellano mi bobe. Mamá me había dicho que Salomón no tenía acento. Ni faltas de ortografía en ninguna de las lenguas que escribía. Hablaban siempre de él como si hubiera sido perfecto. Perfecto con 80 cigarrillos diarios. Perfecto sin jugar con su nieto.

En las pesadillas aparecerá la oscuridad de ese camino a Otwock. Miro a mi chofer. En la inseguridad de sus gestos leo que tampoco sabe adonde va, detiene a veces el auto, acaso busca un cruce, o alguna señal de caserío, un rastro urbano cualquiera. Hemos viajado más de una hora; por las indicaciones y consejos de Raimundo, Otwock debe estar frente a nuestras narices, invisible. Inaudible.

No logro familiarizarme con los hábitos de un país satélite en tan poco tiempo, a cuatro horas de mi arribo. Tan poco tiempo. Se notaba el estado policial, aunque el terror argentino era más insidioso. Había cierta insoportable sutileza en el control social en la Polonia de esos tiempos. Uno o dos días más tarde iba a percibir un inmenso malhumor y tensiones en la calle varsoviana, esperando un tranvía. Ni un auto nos había cruzado en la travesía hacia Otwock. No brilló ninguna luz en ese camino.

Al otro día descubriría que había electricidad social en el ambiente, una chispa esperando saltar, el disgusto de las personas en la cola flotando en el aire como un hedor. Pocos meses después iba a surgir Solidaridad y sus protestas. Yo había vuelto a mi propio estado de terror, cuando esto pasó, ya de vuelta en casa.

No sabemos dónde está Otwock ni la encontramos como consecuencia del diseño militar de las rutas, sin señales para los civiles, las han construido para desplazar tanques y tropas y llegar rápidamente a Berlín.

Si hubiera que invadir Europa y agarrar descuidada a la NATO… entonces no importará que los cruces estén marcados o no lo estén. No habrá carteles, ninguna información. Esa incertidumbre nos aqueja. El estado de guerra es un estado de incertidumbre mayor. Las naciones satélites no son para buscadores de amigos, ni para ciudadanos. Los generales soviéticos tienen los mapas, ellos saben como llegar al objetivo. Es lo único que tienen que saber para sus 50.000 tanques en el 79. Saber atacar. Hipótesis de conflicto.

Nada más diferente de los viajes de Tandil a Buenos Aires que este buscar a ciegas en la noche polaca. En el recuerdo de los antiguos viajes se oyen zumbar los camiones, y los automóviles cruzan sus oscilantes haces de luz. El peligro es enceguecerse por un instante, encandilarse.

En las noches de carretera que yo conocí, las primeras veces que manejé, el riesgo de los viajes nocturnos era ser deslumbrado por los faros, o que un camión no te dejara sobrepasarlo. Uno se enoja con las luces largas que iluminan desde la mano contraria. A los costados de la ruta hay estaciones de servicio, paradores, fondas abiertas, siluetas de personas tras los vidrios engrasados, que pasan fugaces. Asados que humean hasta el amanecer. A veces una ráfaga de música a todo volumen. Una estación de servicio. Alguien que camina al borde del camino. Un caballo suelto pastando al costado.

Esta ruta de vampiros o de búhos logra inquietarme, impacientarme.

En mi recuerdo argentino pasan motos vertiginosamente, y el tránsito ruge serpenteante. En momentos de calma se pueden ver las estrellas, la vastedad de un cielo azul negro punteado por las constelaciones del Sur. Pero vuelven los haces de las luces largas a borrar todo rastro de la noche, el viaje es una serie de estallidos, de resplandores.

También es probable que el camino que lleva a Otwock sea un camino secundario, olvidado de Dios. Tengo entendido que es un lugar de curaciones, tratamientos médicos, algo parecido al sanatorio de la Montaña Mágica, la cueva de Hans Castorp, aunque en un llano arenoso cubierto de pinos que todavía no vi y que una carta prefiguraba.

Seguimos sin saber como llegar a destino. Paramos un momento. Desaliento. Casimiro se asoma por la ventanilla baja y arranca lentamente. Como si acechara. Recordé que me habían a traído a Polonia los sueños y un encadenamiento de casualidades. Me había arrojado a ciegas empecinado en llegar a ninguna parte en busca de una constatación, de una iluminación. Lo que creía perseguir con el viaje, si es que lo sabía, era tan solo restituir una simetría, aclarar una vieja pregunta de adolescente sobre circunstancias inusuales. Acaso busco sin sentido. Estoy cansado.

Reconocer como propio ese primer día sin idioma y sin lugar, casi a ciegas reconstruir una versión: cómo se pierde un mundo. Cuando todavía no hay otro. ¿Será posible encontrase con el nuevo?

Llevábamos más de una hora vagando sin referencias. Recorríamos un tubo, un túnel. Campos al borde de la cosecha, delgados, divididos en predios de 100 metros de ancho. Campos chicos como jardines, sin amplitud: una franja de trigo de 100 metros de ancho, trigo que parecía crecer con dificultad, macilento.

Un tenue resplandor parecía dibujar siluetas de edificios oscuros, aislados en la lejanía, que cada tanto cortaban ese mundo rural de árboles y pastos ralos. Casas campesinas. En una eternidad no se nos había cruzado nadie, ningún cartel indicador nos había dicho por dónde andábamos.

Circulábamos despacio, sin una percepción clara del tiempo, tratando de penetrar la penumbra.

Ahora pasan las nubes y hay un tenue reflejo de estrellas.

La noche es de una oscuridad pálida, sin esa luz secreta de las noches que recordaba. Otra vez no puedo entender que en ningún lado nada indica Otwock. Me resisto a aceptarlo. Acaso seguiremos buscando sin encontrar. Girando sin parar hasta que se acabe la nafta.

Vemos de pronto una pareja que sale de un bosque acomodándose las ropas, hablando fuerte y riendo a carcajadas. El sonido viaja poderoso en la noche. Providencial el encuentro. Les gritamos y paramos el auto al lado de ellos. Poderosa la presencia de semejantes, después de tanta soledad.

Exclamamos ¡Otwock!!Otwock! Ellos señalan a la izquierda, hacia atrás. El agente Casimiro los interroga desde la ventanilla, a los gritos, con el vidrio bajo. No hace frío ni humedad. Una atmósfera neutra. Leve olor de pino, humedad.

Descifro los gestos, el muchacho dice:

“Un poco hacia atrás, hacia esa arboleda; por ahí, por ahí, sí, a la izquierda.”

Apunta dos veces con el dedo. Nos muestra el camino. No lo puedo creer.

Nos habíamos pasado de largo, a muy pocos metros de la entrada escondida entre los árboles. Sin faroles, obviamente.

Era un cruce en la oscuridad más profunda.

Tan solo un poco de pecado en ese mundo sombrío nos permitió llegar a destino.

En la plaza, en bata, como un boxeador señorial al fin de su carrera triunfante, nos esperaba Rajmund Kalicki, con un vaso de coñac en la mano, debajo del único foco que veíamos como a un sol. El coñac era para mí. Él brindó con la mano vacía.

Un pequeño sármata de mi altura, poco más. Un pequeño sármata que no bebía.

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