MONCADA (fragmentos)

Moncada
novela de Jorge Di Paola y Roberto Jacoby
editada por Adriana Hidalgo 2003
(fragmentos)

(...)

EL CAMPO CUBANO, EN ESA zona levemente ondulada y rodeada de monte, mostraba su fertilidad en cuadros de diferentes cultivos. El argentino caminaba con Farada, trenzados en una conversación apasionada, rumbo hacia un grupo de árboles apiñados. No se notaba una estricta vigilancia de la tierra y del aire de la que se encargaban instrumentos invisibles.

Farada le preguntaba a Dardo sobre la transición del Estado Benefactor al Capitalismo pleno y descarnado en la Argentina. También se preguntaba sobre esa rara ecuación entre el modo de producción y el aumento del crimen. Decía que si bien no se podía establecer una relación numérica, lo que los matemáticos llaman una razón, el asesinato y el robo acompañaban al capitalismo y parecían ser un aspecto residual de la apropiación general de los bienes y una manera también de generar nuevos capitales.

En Cuba, a partir de las nuevas realidades económicas, se notaba que habían empezado pequeños robos y que las estadísticas crecían mes a mes.

Según Farada que los delitos y la prostitución acompañaran la prosperidad burguesa eran fenómenos que le daban plenamente la razón a Bertold Brecht y al mismo Marx. La mafia no era un defecto del sistema, sino una frontera del sistema, una frontera por el lado de adentro. La partera de la que nacía el nuevo Magnate.

Al fin de cuentas Dardo pensaba que Cuba, en el mejor de los casos, sería como un museo, y así se lo dijo al rumano.

Mientras tanto, Moncada y sus amigas se habían puesto a jugar al voley después de salir del monte que había cobijado la conversación entre el argentino y Farada. Las niñas jugaban con una destreza sobrehumana. Ellos se acercaron a gozar de un espectáculo que sólo podían dar las mejores del mundo. Lo habían sido, cuando ganaron la medalla de oro en las Olimpíadas En ese momento estuvieron en el mejor de los mundos posibles.

De repente se empezó a escuchar un zumbido sordo y lejano. Una vibración inquietaba la boca del estómago y algunos vidrios se movieron en las ventanas. Farada se alarmó y gritó una orden que Dardo no alcanzó a comprender; pero todas corrieron hacia el bohío cercano que camuflaba la boca del subterráneo. Moncada y Dardo, que se estaban acercado el uno al otro en ese momento de alboroto, se arrojaron hacia lo profundo del monte cuando algo tan vertiginoso como una luz, con un sonido ronco rozó imperceptible la copa de los árboles y se clavó en la cancha antes de estallar y cegarlos con una explosión blanca.

Se sintieron arrojados por el aire, acompañados por grandes esquirlas de mampostería y troncos que golpeaban ruidosamente el follaje. Antes de desmayarse Dardo vio un pedazo de jeep caer desde el cielo y estallar contra un árbol cercano, tumbándolo. La gasolina se incendió iluminando con sus llamas la última imagen.

Cuando el argentino se despertó estaba en un catre de campaña; se había improvisado un hospital. Lo primero que vio fue la cara inquieta de Moncada y lo segundo una camilla donde Farada aparecía ensangrentado y con los miembros en extraña posición. Lo habían rescatado con dificultad de los escombros. Los médicos dudaban de salvarle la vida. Sin conocimiento, yacía como un juguete roto, como algo mecánico, no como algo herido, viviente.

Vio llevarse varios cadáveres, algunos de amigas de Moncada que parecían réplicas inertes de la chica, gemelos siniestros de su amada. Despejaron la entrada al subterráneo y entonces los médicos y las enfermeras pudieron subir a la superficie y comenzar la terrible tarea. Dos médicos se acercaron a Farada, ensangrentado y exánime. Pidieron un helicóptero y se lo llevaron en minutos.

Sin embargo, a pesar del humo, del polvo y el olor a explosivos y a fuego, a pesar del aire apocalíptico del momento, había habido relativamente pocas víctimas y la destrucción no había pasado de algunos vehículos y de gran parte de la casa del bohío, que sólo era una fachada con fines de camuflaje. Una vez despejada, la entrada al subterráneo estaba casi indemne. Moncada se tranquilizó al ver que Dardo tenía poco más que una contusión y que no tenía ni siquiera un hueso roto.

Parecía que un proyectil de crucero, desplazándose a baja altura, había eludido los radares y había elegido inteligentemente el blanco. No tanto, sin embargo, porque más de cincuenta metros lo alejaban del túnel de acceso, único objetivo racional para destruir esa base.

Este atentado ponía en el lugar justo a todas las especulaciones sobre el nuevo problema de seguridad y la conformación del grupo hostil. Dejaba de ser una simple organización creada para perturbar la paz. En este momento el mismo estado Cubano ponía las barbas en remojo. Nunca una figura de lenguaje había sido más exacta.

Pero la pregunta clave era inquietante: quién había dado las coordenadas para programar el misil. ¿Quiénes habían ubicado uno de los lugares más secretos de Cuba? Esos datos sólo podían provenir del interior de la organización. Era una traición inédita que no tenía ni antecedentes ni sospechosos, aún.

Farada parecía malherido; se lo habían llevado inconsciente a un centro de alta complejidad. Había que cuidar su vida y su despertar. Sólo Farada podía dar una respuesta fehaciente al dilema. Por lo que habían visto era suficiente con salvarlo aunque por un tiempo no pudiera hablar. Por el momento la inquisición sobre traidores estaba en manos de Moncada, quien había deducido que sólo un miembro de las Vestales pudo haber provisto la ubicación precisa del blanco. En general los numerosos empleados y profesionales que integraban el plantel fijo de la Organización venían a ciegas traídos en ómnibus con los vidrios bloqueados por planchas blindadas. Sólo las Vestales tenían la autonomía suficiente y la responsabilidad de guardar el secreto. Sólo alguna de ellas podía hablar. Y estar dispuesta a sacrificarse más tarde, si era necesario.

Aguardaban angustiados el despertar de Farada, o al menos noticias sobre su estado.

AMBOS FUERON A REVISAR LAS ruinas. El misil de crucero había dado contra la cancha de voley, exactamente en la línea de la puerta de acceso a los ascensores pero unos 40 o 50 metros antes. Buscaron restos pues tan sólo sus esquirlas habían hecho impacto en el blanco elegido. El blanco había sido programado con un ligero error o había fallado el sistema de guía .

Tan sólo el eco de la explosión había derrumbado la fachada del bohío. La entrada al tubo del ascensor estaba casi indemne aunque había que bajar por las escaleras, repletas de restos de mampostería y vidrios, hasta el tercer subsuelo para poder tomarlo y bajar luego por el ascensor. Por suerte en el momento del impacto el gran ascensor estaba parado, con las puertas abiertas, esperando junto a la sala de situación. Eso lo salvó. De lo contrario todo el personal hubiera quedado bloqueado a partir del estallido.

En esas catacumbas había nerviosismo y revuelo. También una sorprendida indignación: cómo habían podido darles cerca del centro, quién habría hablado, eran las preguntas.

Cuando la pareja llegó todos los interrogaron sobre la cantidad estimada de víctimas, cosa que ignoraban. Habían visto tres chicas muertas al borde de la cancha. Una de ellas parecía la gemela de Moncada, lo que descompuso a Dardo.

Se había formado un pozo muy profundo en esa zona. Descendieron dificultosamente. Buscaban restos del cohete, alguna pista. Olía acremente a explosivos.

-- Es un explosivo de los rusos—se alarmó Moncada, desde el fondo de la cavidad del cráter. La pesquisa se volvió nerviosa. Ella cavaba con las manos la tierra removida por la detonación. Minutos después se acerco a Dardo con dos restos metálicos—aleaciones de aluminio titanio- y le enseñó una sílaba escrita en alfabeto cirílico. Se quedaron pensativos, sin hablar, rodeados de camaradas que revolvían ansiosamente las ruinas. Algunas partes todavía llameaban. Olían a fuego de maderas y metales candentes. Humeaban. El aire estaba enturbiado por una ceniza volátil. Con esas pruebas en las manos tomaron el helicóptero y fueron al hospital a ver si Farada había despertado. Dejarían los restos en el laboratorio.

DOS ENFERMERAS LABORIOSAS estaban tan concentradas en Farada como en las pantallas de los instrumentos que vigilaban todos sus parámetros. A pesar de los zumbidos de los artefactos auxiliares, se percibía un silencio de iglesia, había una concentración casi religiosa alrededor del mítico señor Dos.

Todos estaban estremecidos por el ataque. Hubo quien pensó que en realidad el objetivo había sido Mircea Farada y que el Crucero no había fallado por 30 metros. Había dado justo en el blanco. Tenían una mira que apuntaba directamente al ADN. El blanco podía morir. Era impensable el daño que esta hipótesis, si se cumpliera, podía hacerle a la supervivencia general de la isla, un daño tan sólo un poco menor que el que haría el magnicidio de Fidel. No podía haber sido dejado simplemente en manos del azar.

El argentino, en el cuarto atestado de instrumentos auxiliares, recordó el botiquín abandonado por el Che a poco del desembarco en el manglar. La disyuntiva de entonces fue “cargo el botiquín o el fusil y la munición”, no podía a la vez con ambos.

Es claro que bajo fuego la elección se simplifica.

El cuarto de terapia intensiva era inusual en un país de tan escasos recursos. Pero los jefes y los reyes siempre tienen la mejor asistencia porque la sucesión es una crisis de resultado incierto. Hay que mantener vivos a los líderes a cualquier costo. La sucesión es la peor paradoja de cualquier sistema de gobierno. Ni en la monarquía absoluta pudo aliviarse esta transición. Llegado el momento todos los dirigentes son una suerte de reyes aunque gobiernen como delegados del poder del pueblo porque toman las decisiones por todos y de manera absoluta como si lo hicieran por derecho divino.

La historia del mundo es tan sólo la historia de un cambio de lenguaje, tan sólo y nada menos.

POR EL MOMENTO NADIE SABÍA si el gran espía iba a salvar su pellejo o lo que quedara de su pellejo. Eso explicaba el silencio devoto que rodeaba la sala y se difundía por el hospital como la niebla milagrosa. Estaba por verse si alcanzaban a salvar a Farada.

Las esquirlas del misil de crucero le habían seccionado un brazo y una pierna. Trataban de salvar la otra. Otras esquirlas habían penetrado la espalda, interesando el pulmón a pocos centímetros del corazón.

En un momento pareció abrir los ojos. Los miró sin ver. Se oyó una palabra incompleta, un quejido. Y luego:

--El vector es ruso-- creyeron que decía. También creyeron que decía :-- Buscar las coordenadas... buscar al otro misil... buscar por las Antillas... Bermudas... fundamental... parar el segundo misil...desalojar...salir...abandonar todo...rápido...

Para resolver por completo el tema sabían que tenían dos cosas que hacer: localizar de algún modo al ruso que había descuartizado a Nadia y a quien le pisaban los talones y terminar de enfocar a los jefes o al jefe de la organización enemiga. También tenían que capturar y apretar al hombre que Dardo había visto en el aeropuerto, del cual esperaban que hablara.

Dijeron que Farada, a quién no se sabía cuando podrían consultar, trató de incorporarse aunque eso era imposible en su estado. Tampoco podía hablar. Pero dijeron que habló.

MONCADA PARECÍA UNA NIÑA ATORMENTADA por el peso que la posible muerte de Farada descargaría sobre ella. Un mayor del ejercito con su uniforme verde oliva y una insignia roja que no era una estrella y que el argentino no comprendió, una compañera rubia de la niña y Dardo, reunidos en el comedor de los médicos se miraron con una expresión entre el estupor y la alarma. Debatían sobre la posibilidad de un segundo misil de crucero y aún sobre la posibilidad de una serie indefinida de ellos.

Los analistas trataban de deducir el punto de partida, el lugar de la rampa, cuadriculando el Norte del Mar Caribe según su alcance probable. En algún momento de esa tarde iba a aparecer un cubano pálido y joven con un papel donde debajo de algunas ecuaciones debía encontrarse el punto exacto del lanzamiento.

--El primer misil abrió una serie. Es posible y aún es necesario que los ataques continúen una vez comenzados, pero deberemos prevenirlos-- opinó el mayor del ejército.

Uno de los observadores dispersos en el mar que rodea la Isla llamó para avisar que había vist el paso del misil volando muy bajo en línea con un carguero con el que se encontró minutos después cerca de la Gran Bermuda. Creyó que era muy probable que el lanzamiento viniera de esa nave. El carguero provenía de Vladivostok pero eso no significaba mucho. Pertenecía a la firma Importaciones Kamaleón que estaba bajo la tutela de un sirio-americano de apellido Lahus, de quien casi nada se sabía. Ahí había algo significativo que investigar sin embargo.No tenía otro antecedente que ser un egresado de Harvard, era hijo de un rico comerciante. Pero el ruso Igor tenía su plantilla como empleado de la empresa. Esta coincidencia despertó a las fieras.

De ese hilo había que tirar.

-- Los datos son fehacientes pero incompletos.- afirmó el mayor- Pero me parece que debemos insistir con fuerza.

MIENTRAS TANTO EN EL BOHIO los sobrevivientes se agitaban rondando sin cesar las ruinas y despojos. Algunos cavaban con éxito, rescatando cadáveres y esporádicamente algún camarada herido. Se los encontraba a cierta profundidad. Las explosiones tienen una curiosa arquitectura al revés, crean una extraña lógica y un orden en el caos producto de romper, con las cosas detonadas, el plan que suponían al encontrarse enteras.

Donde había una escalera se encuentra una bañera, pero dentro de esa bañera dada vuelta hay una mujer a quien ese cuenco salvó de la caída del techo. Insertada en la pared hay una cabeza con expresión de espanto. Un lavabo interrumpe una biblioteca. Un florero con flores permanece indemne. Una muñeca convive con profilácticos entre los hierros retorcidos. Un libro abierto tiene como señalador un pie humano. Un perro destripado aparece envuelto en un chal.

Una compañera de Moncada deambulaba como un zombie por los alrededores del cráter que fue una parte de la cancha de voley. Mientras tanto la misma Moncada regresaba en el helicóptero al cual había subido para acompañar a Farada. Durante el regreso una vestal le confió la sospecha que tenía contra otra compañera a quién había visto días atrás en La Habana con un chulo conocido por sus arreglos con todos los espías habidos y por haber en la isla. Lo dejaban libre para vigilarlo y de ese modo descubrir a los nuevos agentes.

CUANDO POCO DESPUÉS LA VIO BAJAR A MONCADA del segundo aparato cuyas paletas todavía giraban, de inmediato la nueva vestal intentó correr. Era casi una niña y lloraba cuando Moncada la tomó del brazo y la detuvo a pesar de cierta resistencia que requirió una pequeña palanca. Pero sin transición la soplona sacó un arma pequeña y sorprendió a Moncada. Ésta se defendió con unos golpes de artes marciales pero fue inútil.

La pequeña zafó de Moncada, la miró de frente a los ojos y se descerrajó un tiro en la sien.

Cayó pesadamente.

Murió sin hablar, cortó con su silencio todos los puentes que pudieran llevar a identificar al enemigo rápidamente. Su joven cadáver parecía una muñeca quebrada, sus pelos desordenados se enrojecían velozmente sobre el suelo de la catástrofe.

--ELLA ENTREGÓ LAS COORDENADAS para el misil a un chulo del Malecón.—dijo Moncada intentando explicar el suicidio-- Es de lo peor, un mulato bonito que ahora tenemos que encontrar. A las vestales nos pierde el Monte de Venus, dicen ...

Mientras tanto tenían que buscar un jeep que debía llevarlos hacia La Habana para reforzar la investigación.

Hicieron el camino sin hablar. No se cruzaron con ningún otro vehículo. En el aire parecía flotar aún la estela del misil de Crucero. Dardo no podía borrar de su memoria a la chica muerta derrumbada en el suelo en un charco de sangre.

LA LLAMADA TELEFÓNICA QUE recibió Moncada en el jeep era de Fidel que le informó sobre la compleja operación quirúrgica que debían realizarle a Farada cuyo estado se había agravado y era crítico. Todo el sistema de defensa estaba girando en estos momentos sobre la posibilidad de una andanada de misiles sobre blancos estratégicos, pero sobre cuyos lanzamiento sólo podía decidir el enemigo.

Pero el Caballo estaba al mando. Moncada recibió una orden directamente del Señor Uno. Este pensaba que el primer misil era para negociar desde una posición de fuerza y que a lo sumo había otro que debían destruir.

El Señor Dos, Farada, corría el riesgo de llevarse sus secretos a la tumba y dejar debilitada la Seguridad del Estado, fija en un punto ciego si éste no sobrevivía. Nadie podía asegurar su vida en esos momentos.

Todo sucedía desde hacía minutos bajo una Alerta Roja. Pero ni siquiera una alerta Roja era capaz de neutralizar un Misil de Crucero que hasta ahora el Señor Nadie había enviado con total sigilo.

PERO EL AZAR ESTABA TIRANDO sus dados a favor de la Revolución. Este concepto era una herejía ideológica, sin embargo un pescador de altura, agente vigía de medio tiempo, había detectado el misil mientras navegaba. Por otra parte, Moncada conocía al chulo que había convencido a la suicida de colaborar con esa organización todavía en las sombras.

La acción más urgente era localizar al ruso que se les había escurrido de las manos. De él tenía que provenir la información más fehaciente, costara lo que costase. Tenían que hacerlo hablar. Más difícil de encontrar iba a ser el aduanero que se había desvanecido en el aire. De Igor sabían que tenía una cita con una lancha rápida para escapar de la isla, posiblemente hacia Miami. Moncada se reunió sin darle participación a Dardo con un grupo numeroso de vigías que se irían acercando a las playas sospechosas. Se sentían afortunados y estaban seguros de retomar las pistas.

Napoleón Bonaparte ascendía a sus oficiales basándose en un interrogatorio de una sola pregunta que dirigía a sus amigos: ¿ Este mozo tiene suerte?

Aunque no se ajuste a la ortodoxia comunista, que tan sólo ha querido contar con la Razón, el Azar estaba trabajando también a favor de la niña en ese momento de grandes responsabilidades.

Al ser hacía unos años la preferida de su entrenador, poco después nombrado jefe de la Seguridad del Estado, progresivamente fue estando al tanto de casi toda la información que en ese entonces había podido calificarse importante pero también de la trivial o marginal en ese entonces pero que en el presente se había convertido en reveladora y crucial..

Años atrás un grupo de gusanos entró a las costas cubanas en un pequeño yate llamado Magra, lo contrario de Granma. Venían con un termo que contenía el primer virus contra los símbolos que habían desarrollado los biólogos de la CIA. Un Fidel depilado, conjeturaron los ideólogos, era como un Sansón sin melena para la revolución. Nunca se les ocurrió, se reía Moncada, que la enfermedad inoculada podía mantenerse en secreto y la caída del pelo ser escondida por hermosas peluca y barba postizas, tan fotogénicas como las reales.

Esa fue una ocurrencia tan disparatada como la de arrojar condones gigantes sobre Camboya para desanimar a los combatientes del Khmer Rouge, adeptos al culto fálico, haciéndoles creer que los mariners poseían miembros viriles de superhombres, como sus dioses.

AL LLEGAR AL HABANA LIBRE TODO SE ACELERÓ. Moncada se alejó unos pasos del argentino y entró en una casa descascarada de altos balcones. Desde allí llamó por teléfono e hizo varios contactos con algunos camaradas.

Volvió a la calle y le anunció a Dardo que ella tenía que irse por unos días y que él debía regresar al hotel, donde ya todo estaba arreglado. Se iban a mantener en contacto a través del conserje. Le pidió que viviera como si tuviera todo el tiempo del mundo, como un turista, como un viajero ocioso y que se hiciera ver sin temor, porque iba a estar protegido todo el tiempo, aunque no pudiera darse cuenta de quienes lo custodiaban.

Se dieron tiempo para hacer el amor por primera vez de una manera triste y breve. Quedó el temor de que fuera la última.

-- No hay lugar para ti ni para nadie, no podrás venir. Es una misión que debo encarar completamente sola.

No le dijo que tenía que volar brevemente en un Mig rumbo a los arrabales del Triángulo de las Bermudas. No le dijo que tenía que arrojarse en paracaídas en el mar cercano a una isla pequeña. No le dijo nada.

Cerró la puerta del jeep y lo besó.

FUERON PRESENTADOS AL MILLONARIO sirio por un palestino que realizaba tramites de exportación a Oriente para su Tobacos Import Export.

Se enteraron en seguida de algunos hechos curiosos: que Muhamad Alí Lahus se había educado en Buenos Aires donde en su juventud descolló como cantautor y figura del Café Concert humorístico bajo el apodo de El Turco Alí, hasta que al heredar a su tío se radicó en Beirut donde perfeccionó su manejo de la lengua árabe y sus astucias comerciales y se ligó con fundamentalistas chiítas. Pero continuaba amenizando sus propias fiestas, donde sorprendía con una versión adulta de La Gallina Turuleca que tal vez se oyera esta noche.

Aquí, pensaba Dardo, se gozaba de una concepción del mundo que conservaba gran parte del espíritu del medioevo. Aquí se jugaba algo más íntimo y esencial que la experiencia comunista de Cuba. En el mundo continuaba una eterna disputa encubierta por las nuevas.

El antagonista no era algo tan moderno como el capitalismo o la burguesía conservadora. Venía desde la noche de los tiempos, se consideraba un fenómeno natural y por encima de los sistemas sociales cambiantes.

En la nave se alojaba el protoplasma, la base que luego tomaba las formas de aquellos que ejercían el dominio de unos hombres sobre otros. Los que mandaban y sometían. Había rebotes de esquirlas del poder del Imperio Romano, huellas de Alejandro, ecos del Sacro Imperio, un tanto de los Luises y de los Estuardos, algo de las espuelas de Bismark, reflejos del rey Sol, astillas de Pedro el Grande, no poco del humor del Fürer y todo lo que de ellos y de los otros señores de la vida y la muerte, conservaban las democracias modernas que no se podían sacudir del todo la pátina de supeditaciones y sometimientos que movían la superficie viviente del planeta y las masas de servidores inclinados ante sus amos sea por medio de la fuerza o de la astucia .

Estos hombres tenían la vejez de la historia del mundo y luchaban por sus sitiales a cualquier costo, fumaban sus Partagás armados por las manos de los hermosos negros que ahora parecían reyes, con sus hijos ingenieros y médicos que anduvieron disputando el dominio de alguna franja del mundo. Los señores fumaban las hojas de su tabaco hilado.

Un círculo cerrado perfecto. El hermoso aroma de la marcha del mundo.

Pero fue en ese entonces, poco antes de que Moncada advirtiera en qué camarote se iban a pactar los canjes, permutas y compraventas entre un narco de Harvard y un ex soviético del Instituto de San Petersburgo, cuando Dardo comprendió que sus actuales amigos estaban finalmente derrotados aunque ganaran esta batalla casi de utilería.

Cada vez más señores se irían aliando para cercar a la desfalleciente y doblegada revolución social. Y para falsear toda libertad humana.

La suya, pensaba Dardo, casi involuntaria causa, era una causa perdida. Las circunstancias lo habían ido llevando cada vez a un mayor compromiso. Poco después de tomarlo y actuar en consecuencia, comprendió que era un compromiso suicida, tan sólo limitado por los tiempos estratégicos del adversario, que en general esperaba el mejor momento para decapitar.

DARDO SE HABÍA QUEDADO A SOLAS con ese convencimiento melancólico: el combate era muy desigual. Todo estaba perdido de antemano.

Pelearía igualmente con todas sus fuerzas. Lo contrario destruía su ánimo y no le dejaba otras opciones que el suicidio o la traición.

No se lo comentó a Moncada, ni siquiera como un intento de acercamiento, pues desde que la niña regresó de su misión en las Antillas, algo estaba trabado entre ellos, pero sobretodo en el corazón femenino; no funcionaba el deseo animal que había surgido como una simple e intensa chispa desde que sus ojos se cruzaron en el bar del hotel.

Ahora casi no podían mirarse directamente, apenas se tocaban, se hablaban con una entonación opaca. Ella estaba incómoda.

Sólo tenían una tarea en común en la que creían, como dos soldados. El argentino no era ya un mero acompañante casual. Se había incorporado, después de pasar por numerosas pruebas, a la acción plena, como un igual con diferentes habilidades pero compromisos iguales o casi iguales .

Por eso Moncada simplemente lo acompañó cuando el Sirio, en medio de la exaltación del champán, les pidió que lo siguieran. No tenían previsto un avance del magnate, que manifestó un interés de preferencia hacia ellos, entre todos sus invitados. Fueron hacia su escritorio y se aislaron en la suntuosa habitación, cuya opulencia caía pesadamente sobre los hombros de los visitantes.

Los esperaba un café cuyo aroma no se parecía a nada que hubieran llamado café hasta ahora. Era un café de lo profundo de la selva lacandona, sin torrar, tostado al ardiente sol de un desierto. El perfume abría los bronquios y producía un gozoso mareo. Les trajo una súbita y suave energía. Esos sabores y olores se combinaban con maestría con los del champán, cuyo origen no lograron descubrir pero que por la etiqueta ciega sugería una partida única y especialmente seleccionada para Lahus. .

Estas caricias a los sentidos no eran el objeto final del Sirio, desde luego, y ellos lo sabían. Eran tan solo los gestos sociales, hechos para asombrar, para reforzar alguna propuesta que mientras tanto se hacía esperar.

Cuando el Sirio hizo referencia a las habilidades de los argentinos, Dardo comprendió que quería sondearlo sobre de amigos físicos nucleares, que desde hacía tiempo eran blanco de seducciones de fundamentalistas de toda calaña. Objetivos privilegiados de sigilosas persecuciones de los iraquíes, de los libios y ahora de los sirios.

El conocimiento era el castillo a tomar y era necesario comprar a las personas que lo detentaban..

El argentino se dispuso a resistir a todas las tentaciones.

IGOR DESPERTÓ EN LA CUEVA DE LOS GUSANOS. Así la llamaban, Cueva de los Gusanos. Se trataba del bunker tecnocrático donde se refugiaban las operaciones clandestinas de la mafia cubana, refaccionado por Lahus a todo lujo y tecnología . Allí había habitaciones especialmente preparadas para alojar a los agentes amigos que debían borrarse del mundo por un tiempo o evitar ser encontrados por nadie o para recuperarse de acciones demasiado fatigosas.

El ruso había perdido unos veinte kilos, que para él no eran demasiados, en las exigentes tareas de la isla y en los tormentos sufridos.

Los días que había pasado flotando a la deriva en el Caribe, las terribles torturas, las heridas y el hambre habían extremado su desgaste. Por cierto había comido insectos y algunas raíces del monte.

En Miami le habían dado la suite, como premio a su valor. Los mafiosos tenían predilección por los hoteles de lujo y de hecho eran generalmente sus propietarios. Allí, en el edificio fortificado, tenían dos pisos en el complejo subterráneo que sólo los jefes conocían por completo, para alojar a su tropa de élite o a las fuerzas amigas en visita de trabajo. La organización del lugar estaba aceitada y era similar a una turística de cinco estrellas.

Pero el misterioso Sirio, con quien pactaron algunas agresiones a Cuba, quedó dueño de la decisión estratégica del hostigamiento a la Isla.

Como era tradicional, el polvo había llegado en un cargamento de café en el mismo buque en el que luego se instalarían los dos cohetes crucero. Los que Moncada alcanzó a destruir junto con el carguero. Nadie podía sospechar que se había encargado del ataque la misma exótica belleza que despertaba los deseos de tantos, entre ellos el Sirio que jamás había dejado de realizar los suyos.

UNA EX OFICIAL DE LA FUERZA AÉREA soviética era parte de la Fuerza de tareas del Sirio. La encargada de hacer funcionar los misiles. Desde una de las habitaciones de comando, en lugares secretos de la Cueva provistos de antenas parabólicas comerciales de inocente apariencia , Irina se conectaba con el satélite generalmente inactivo que la URSS había puesto en órbita ecuatorial, poco después de la crisis de misiles en el caribe.

El viejo satélite permitía a su operadora guiar el crucero con una precisión relativa, pues al no disponer de una fuente totalmente confiable de inteligencia la posición fue trasmitida tiempo atrás con un error que se sumó al de los sistemas de guía. Por ese motivo la cabeza explosiva había detonado en la cancha de voley que disimulaba el cuartel de inteligencia de los castristas.

IGOR SE LEVANTÓ Y MIRÓ POR LA FALSA ventana. Ofrecía una temblequeante holografía de una calle de Miami, un simulacro perfecto del mundo exterior. El ruso se rió del gusto ingenuo y ostentoso de todo rufián, tanto ruso como cubano: no podían comprender sino la representación realista, tal como lo había hecho el viejo Stalin, árbitro del gusto socialista completamente similar al gusto bien pensante de la pequeña burguesía occidental y sus familias.

Igor notó que recuperaba sus fuerzas y su memoria. Tenía frescas las imágenes de su rescate por la Guardia Costera, enorme y desnudo tirado casi sin sentido sobre una cámara de tractor con unas tablas adosadas. Ahora reposaba sobre unas sábanas sedosas.

No había olvidado su rescate a mitad de camino, cuando flotaba desvanecido sobre las pequeñas olas de un Caribe en calma chicha y los guajiros le tendieron la mano para que subiera a la embarcación.

Recordaba sus cuerpos oscuros y delgados, el cráneo de ambos estallando por los golpes de remo y luego precipitándose en las profundidades hacia las fauces de los peces carnívoros. Unos buenos guajiros piadosos. La imagen de sus agonías se enturbiaba a medida que descendían hacia las profundidades del mar donde creyó ver pequeñas barracudas que mordían sus carnes rabiosamente.

Tuvo suerte: fue rescatado poco después de sus recientes crímenes flotando en la balsa que había arrebatado; apenas podía cubrirse con el pañal. Y bajo el sol que había comenzado a llagar su piel escandalosamente blanca y sensible a la ardiente luz..

En la nave patrullera que lo rescató de la balsa a la deriva, fue imposible conseguirle una vestimenta para cubrirlo hasta que encontraron una robe de chambre de su tamaño.

El Estado tenía siempre horror al desnudo, era un misterio que aquejaba a todos los sistemas sociales, como si el cuerpo natural pusiera en cuestión el ejercicio del poder, a tal punto que el negro enorme, con grado de capitán y al mando de la nave, cedió su prenda más querida sin vacilar.

La vestimenta le quedaba a Igor demasiado apretada y le hacía estallar los músculos que casi reventaban la tela de las mangas de toalla.

Así vestido llegó a las oficinas de migraciones.

En el camarote del guardacostas Igor había estado esperando un interrogatorio severo que nunca llegó. Misteriosamente alguien dio la orden contraria y fue liberado con todos los papeles en orden. Una abogada de apariencia wasp había presentado sus documentos en regla; también le trajo un vestuario adecuando, pantalón y chomba de seda, de tamaño cañón, un sombrero de ala corta y una billetera repleta de cambio chico. Todo eso en pocas horas.

IGOR SALIÓ DEL REFUGIO SECRETO DE LOS NARCOS en busca de Irina,que vivía en un barrio tranquilo de estilo Art Decó en la periferia de Miami. Quería hablar en ruso y enterarse de lo que había sucedido mientras incursionaba por la Isla. Notaba unos cambios menores, pero perceptibles, en el trato de sus jefes hacia él.

En el bunker le habían dicho que descansara, que no habían decidido aún ninguna nueva misión. Se estaban reponiendo del inesperado hundimiento del carguero . Lo consideraban una derrota similar a la de Bahía de Cochinos, aunque prácticamente desconocida para la opinión pública.

Tanto a Fidel como a ellos les convenía el silencio; si bien los daños habían sido menores, el impacto se había producido y las defensas habían sido burladas. La ausencia total de difusión era ventajosa para los dos bandos. Habían desaprovechado el golpe. No podían hacer gala de él.

Circulaban en la población de la Isla rumores al respecto. Algo de lo sucedido se había filtrado a pesar de todo. Semejante ataque, por otra parte, no hubiera sido creíble de tener completo éxito y se hubiera ocultado. La gente lo estaba tomando como un rumor fantástico lanzado por el exilio en radio Bemba.

Curiosamente era cierto.

.

Los gusanos seguían protegiendo a Igor pero ignoraban su participación real en el ataque generalizado que intentaron en La Habana y que precedió a la caída del misil. Ya sabían que había salido como balsero huyendo de la policía especial y de la marina cubanas, después de haber sido perseguido apresado y torturado aunque nada de eso le impidió escapar.

Muchos aún lo creían un soviético abandonado, digamos, por su sistema social, en una nación antiguamente aliada y casi tan colapsada como su antiguo país. Tan varado como ese cosmonauta que daba órbitas sin sentido cabalgando la estación Mir para una nación que ni siquiera podía bajarlo a Tierra porque ya no existía, se había vuelto otra.

IGOR RECORRÍA LAS CALLES DE LA COSTA con asombro. Veía la luz, la alegría frívola y el lujo que tanto contrastaba con los largos meses entre guajiros mal vestidos y casas descascaradas y vehículos ruidosos y humeantes. Él era insensible a las bellezas de lo sencillo y las había desperdiciado en La Habana.

Veía los automóviles sport y las edificaciones formidables. Veía los cuerpos jóvenes, trabajados por las horas de sol y los ejercicios que cortaban un formidable ocio y veía a unas mujeres espléndidas y por suerte—pensaba—muy altas, espigadas.

Las mujeres lo miraban con intensidad, al pasar, descaradamente. El sol del Caribe lo había herido pero le había dejado un tostado, que podía pasar por voluntario, de hombre de largas vacaciones. Algunas llagas lo podían hacer pasar por un pescador deportivo que se había entusiasmado largas horas con algún pez espada. Por otra parte, su altura y proporción lo volvían muy llamativo en este clima de atracciones sexuales cruzadas y mezcladas con el dinero y la inactividad.

UN CONVERTIBLE SE LE CRUZÓ en la acera. Una mujer de unos treinta años cubierta de joyas y con grandes senos le hizo señas de subir. Gesticulaba con una cierta autoridad. Se imponía. Igor apenas lo pensó. Se precipitó al auto como un toro en el ruedo. Ella lo miró de los pies a la cabeza, parando un poco en el centro crucial, en los bultos y pliegues del pantalón.

Arrancaron hacia las afueras. La rubia manejaba con habilidad y displicencia, era capaz de derrapar como un piloto de carreras y de frenar a centímetros de su objetivo, clavando el auto.

Le elogiaba los músculos, por sobretodo el cuello ancho, y le preguntó si trabajaba en un circo. Eso en Miami no era ofensivo, augura fama y fortuna. Le ofreció dinero, muy clara y directamente, y le hizo unas referencias obscenas que decidieron al ruso que estaba turbado ante el avance rotundo de la mujer. Era para gastarlo juntos, dijo. Una enormidad de plata..

Igor estaba completamente repuesto de sus anteriores desventuras y quería premiarse con los goces más intensos y oscuros que consiguiera. Estos se le ofrecían como un regalo de los dioses, según la evidencia. Ella le gustaba, además. Y el dinero. El dinero condimentaba la aventura. El dinero era el elemento nuevo en su vida desde que había dejado su amada Rusia.

En Norteamérica la patria era tangible en el dinero. Se sentía la pertenencia al conjunto.

Uno podía tener parte de su país en la moneda. Eso le gustaba, era más real que ese amor discursivo que recordaba, construido por la historia, por las grandes palabras, por los enemigos vencidos, por batallas entabladas con honor y por poemas que inventaban cada circunstancia por si no las hubiera habido antes de ser dichas.

La mujer en el automóvil se llamaba Claudine y tenía más de treinta años, quizás muchos más, pero poseía esa juventud sintética que tanto lo había sorprendido en su primera visita a Miami.

En Rusia o en Cuba las mujeres eran simplemente jóvenes o simplemente viejas. Acá parecían tener su arte y si decidían bien y tenían buen gusto y podían pagárselo, resucitaban como una especie de hijas de sí mismas.

LA RUBIA DETUVO EL COCHE FRENTE A UNA CONSTRUCCIÓN acorazada, rodeada por una verja levemente arábiga un poco intimidatoria con sus puntas de alfanje. Claudine accionó un control remoto. Las dos hojas del portal se abrieron. Alcanzó a observar los ojos giratorios de varias cámaras automáticas de vídeo, que abarcaban 180 grados.

Entraron en esa casa extraña pero a su modo bella, de ventanas como hendijas, únicas en el tono general de esa arquitectura de rentistas. Hendijas desde donde, como en los castillos, miraban los arqueros, pensaba el ruso.

Ella lo llevó directamente a un dormitorio enorme con una cama en forma de trébol. Es decir con una cama que era en realidad tres camas, unidas por la cabecera. Le llamó la atención que ya que se les había ocurrido no hubieran ideado un trébol de cuatro hojas.

Ella sirvió dos whiskies y abrió un cajón del bar. Sacó un revólver magnum, lo hizo girar sobre su dedo índice como un vaquero y de inmediato apuntó a los genitales de Igor. Parecía una seria amenaza. Igor se puso en tensión.

La mujer le dijo obscenidades. Sin parar, compulsivamente. El ruso, aunque capaz de casi todo, tenía una enorme dificultad para tolerar las palabras fuertes, se enojó y la golpeó con un puñetazo velocísimo y certero, que la arrojó unos metros y la noqueó limpiamente.

Ella durmió unos minutos. Mientras tanto Igor jugó con el revólver, le extrajo las balas que guardó en un bolsillo y comenzó a desvestirla, vio que sus carnes tenían una extraña perfección de muñeca.

Los espejos del techo repetían el trébol y sobre él los gestos del ruso y las formas de la mujer. A él lo inquietaban los reflejos, era la primera vez que estaba bajo el influjo de ese refinamiento. Un mujik no conoce esas cosas.

Lo perturbó, sorpresivamente, la entrada de otra mujer en el cuadro. Bajó la vista y la vio, idéntica a Claudine, se sentó en la cama, se le presentó como si estuviera en un lugar público y como si nada extraño sucediera a su lado. Ella sonrió, le dio la mano y le dijo que se llamaba Claudine.

Terminaron de desvestirla entre los dos y esa contribución apuró el descubrimento: Claudine I era una mujer reconstruída con enorme perfección. Delgadas cicatrices dibujaban una telaraña en ese cuerpo esculpido. Igor comenzó a tocarla y a acariciarla mientras dormía. Tenía una consistencia distinta de la carne, un poco más rígida o menos elástica, pero sin embargo agradable, tibia. Un experimento a medias exitoso.

La otra, Claudine II, que al lado del ruso contribuyó a desvestir a la primera, era notablemente joven y notablemente la modelo que habían seguido fielmente los cirujanos. El ruso, al constatar esas circunstancias, dedujo que le iba a resultar imposible calcular la edad de su seductora y la de su doble.

CLAUDINE I COMENZÓ A DESPERTAR, PEREZOSAMENTE. Miró a Igor como si no lo reconociera y se deslizó hacia atrás. A medida que despertaba, a medida que recordaba el enojo del ruso, su expresión pasaba del asombro al terror. Su doble juvenil trataba de tranquilizarla, pero ella volvió a mirar hacia el hombre, lanzó un alarido, abandonó la cama y corrió hacia una puerta lateral tras la cual se perdió.

La otra, Claudine II, se arrojó en brazos del ruso y prorrumpió en carcajadas de sonido metálico. Lo que más la divertía era despojar a su amiga, o lo que fuera. Pero el ruso la alejó de sí como si fuera un papel y fue tras la fugitiva, a quien encontró llorando en un baño. Ella le sonrió entre las lágrimas como pidiendo clemencia.

Entonces Igor sintió la presión de su miembro contra el pantalón, sintió el ardor que le provocaba la lona del vaquero y lo sacó con movimientos apresurados; se le escapaba de las manos.

Ella al verlo gritó, abrió desmedidamente los ojos, dejó de llorar y lo tomó con sus manos y lo fue bajando hasta los labios.

No le cabía en la boca. Temblaba y lamía mientras trataba de comprender que tal vez se encontrara ante el miembro más grande del mundo y estaba ahora estaba forzando su garganta.

Sentía una felicidad contradictoria. Su goce era inmenso, aunque no podía hacer uso por completo de esa pinga: el tamaño era un obstáculo más que un mérito. Creía que si eso la penetraba la desgarraría. Temía. Se ahogaba intentando sentirla en la garganta, tal vez más por la ansiedad por devorarla que por la medida.

Tuvo que conformarse con lamer ese órgano descomunal y masturbarlo con sus dos manos, esperando una emisión de semen acorde con esa desproporción, directamente hacia su cara.

Y así fue. Por más que tenía la boca abierta a la espera del chorro, el líquido desbordó de sus labios y tuvo que regurgitar el trago. Claudine I lamía los restos, con gusto a pasto tierno, mientras temblaba con las contracciones del orgasmo más inesperado. Su mente trabajó para el goce.

Qué apareciera en el mundo real el órgano más monstruosamente soñado por todas sus fantasías, le alcanzó para vibrar como nunca antes lo había logrado. Puso los ojos en blanco y dejó que tanto líquido escapara de su boca al menos en parte. Pero lo quería todo.

Igor, mientras se derramaba en ella, la vieja, gritaba un ronco gemido y volvía a tener ganas de apretar y matar, no podía contra sus impulsos.La puerta se abrió de golpe y apareció la joven que miró la escena con los ojos desorbitados y fijos en el órgano del gigante. De la bragueta de Igor pendía ese pene enorme y húmedo. Ella se precipitó hacia él y lo distrajo de su intención de apretar, y tal vez de asesinar, metiendo en su gran boca de labios oscuros ese glande del tamaño de una manzana, levemente morado.

Claudine II era capaz de succionar esa verga que recuperaba rápidamente su dureza de piedra. Igor jamás había podido sentir ese goce extremo, hasta ese momento, cuando empezó a conocer esa boca de impensable movilidad.

Su virtud física, poseer ese órgano extremo, lo había castigado casi siempre con relaciones extracorporales porque, salvo una vez, ninguna vagina lo había soportado sin desgarrarse y abrirse herida.

El ruso fue siempre adorado y solicitado porque satisfacía la imaginación de las mujeres, pero no tenía otro placer que el ser frotado, lamido y acariciado y masturbado, o el de usar su pene como instrumento de terror y de muerte que no pocas veces causó a medias involuntariamente.

Pero la joven tenía una boca y una garganta tan excepcional como su antagonista su miembro.

Se trataba de dos fenómenos complementarios. Ella era también capaz de representarse mentalmente la visión de lo que chupaba y gustaba y lamía y mordía y tragaba hasta hacer gritar y sangrar al ruso, lo que literalmente la enloquecía, sobretodo la sangre y el grito del hombre.

Ella gozaba del mismo modo asesino que él; cuando comenzaba a perderse en el orgasmo, a derrumbarse en el temblor, su pecho se llenaba de aire y de furia y necesitaba usar toda su fuerza en golpear y desgarrar y arañar y punzar. Nunca había matado, o no había matado todavía, pero sus gestos siempre la habían llevado a la frontera del dolor y a cortejar el fin de todo en el éxtasis, el fin del amor y el fin del mundo. Casi lo mismo. Como si sólo pudiera obtener su placer si se confundiera con el final.

Mientras succionaba y lamía el gusto picante de la sangre y esperaba el golpe en el paladar del flujo de semen, del chorro, e imaginaba la penetración de esa cosa desgarrando su vientre y moviéndose dentro de ella sin parar como si fuera un animal autónomo.

Igor sabía por experiencia que el estiramiento que producía su miembro en los tejidos humanos normales ocasionaba trastornos mentales y visiones luminosas y apocalípticas.

Ellas, tan sólo al verlo desnudo, pedían lo imposible y creían tenerlo ante sus ojos, por fin, ahí mismo, y tan sólo al sentir parte de sus proporciones simplemente enloquecían y querían tanto, que sólo el canibalismo o atroces formas de la muerte podían compensar o tranquilizar sus deseos. Pero estos excesos eran tranquilizados por la fatiga tremenda que el goce producía. Inmediatamente después del placer venía un sueño profundo parecido a la muerte, una siesta en la imaginación de la sangre, una quietud en los dientes que mordían hasta rasgar la piel, lentitud en las uñas que arañaban, el dulce sopor de la nada que sucedía a la persecución de la totalidad. Ya no era entre las sábanas que todo esto ocurría, era entre estrellas que empezaban a explotar.

NO LO DEJARON DESCANSAR, LE CLAVABAN LAS UÑAS. Claudine I fue a lavarse porque el semen seco le empezaba a estirar la piel: su pubis, por el contrario, chorreaba de placer produciendo sus propios jugos. Claudine II se enojó porque no le había dejado lamerla y beberla para desplazar de ese modo el gusto y la consistencia del semen y llevárselo para ella con su lengua. Las amigas tenían habitualmente esa práctica entre ellas como casi exclusiva expresión de un amor de besos y de líquidos.

Era el momento de la cópula en que todo se volvía gomoso y pegajoso, mucílagos y gelatinas. A Igor le fascinaba la aparición brutal de los olores acres que acompañaban el aumento de la temperatura y la fricción, combinación de heces licuadas por el sudor y líquidos vaginales, más las pequeñas pérdidas de gases sulfurosos debidas a las posiciones forzadas. Las leves paspaduras olían a bebé sin cambiar.

El ruso vio y escuchó cómo las Claudinas lo olvidaron por largos minutos, arrojándose a la cama para tocarse los senos y besarse las conchas en posición invertida. Las carnes chasqueaban. El ruso no permaneció insensible a esos glúteos que se movían con cierta impersonal desesperación y se arrojó sobre ellas para lamer justamente allí donde las rayas se volvían inquietantemente oscuras y se hundían en una miniatura de volcán, donde no podía evitar meter alguno de sus dedos gruesos como penes y obtener gritos de espanto.

El simplemente jugaba, convirtiendo a alguna de las mujeres en una especie de anillo. Ellas gritaban y comenzaban a sangrar, querían terminar con todo y no podían; cuando él paraba lo pedían de nuevo.

No hay que olvidar que el gigantismo de Igor volvía muy peligrosos sus dedos desproporcionados. Cuando una de ellas lo miraba con una expresión de ahorcamiento, Igor sacó

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